El recurso del observador es la base del desarrollo personal. Nos aporta poder y autodominio. Para activarlo debes enfocarte en la respiración, relajar la mente y ser consciente de las sensaciones físicas y la postura corporal. Este proceso permite que las emociones reprimidas emerjan a la conciencia y sean liberadas. Al mismo tiempo, tu mente puede elaborar una respuesta imaginativa que añade valor a la situación, en coherencia con tu misión de vida.

Imagina que te encuentras en medio de una discusión acalorada. Si activas el observador, no te será difícil reconocer que estás queriendo tener razón a toda costa. En ese momento, puedes decidir dejar de discutir y, en su lugar, hacer preguntas o sugerencias. Al respirar con calma, te das cuenta de tu postura corporal y de la tensión que acumulas en la mandíbula, los hombros, el pecho… Con la conciencia corporal activa, la presión interna disminuye, te relajas y tu capacidad para observar tu estado de ánimo real aumenta. Esto es crucial.

Si eres capaz de mantener esta situación, sucederán dos cosas muy positivas. Tu negatividad emocional, gobernada por la ira, el miedo y la desconfianza, se disolverá, y tu mente sustituirá los argumentos defensivos por preguntas o sugerencias constructivas. En definitiva, lo que podría haber sido una pelea prolongada y dolorosa para ambas partes se transforma en una oportunidad para reflexionar y asumir nuevos desafíos en la relación.

No confundas el error con el pecado

Perdonarte a ti mismo implica entender la diferencia entre el error y el pecado. Son conceptos distintos. Equivocarse equivale a tomar una cosa por otra y actuar en consecuencia. Es algo natural, forma parte del juego de la vida y es la vía más rápida para el aprendizaje. Pecar, en cambio, implica transgredir un dogma religioso, es decir, desobedecer la autoridad de un dios externo a nosotros mismos, o la de sus representantes.

La palabra culpable procede del latín culpabilis y significa «digno de ser castigado». Las personas que se sienten culpables viven con miedo. En nuestra cultura, la religión ha tenido una gran influencia, a menudo limitando nuestra libertad de acción e inculcándonos una creencia muy perniciosa: equivocarse es algo negativo, impropio e inaceptable. Esta presunción nos lleva a confundir el error con el pecado. Creemos que cometer un fallo equivale a hacer algo malo y, por ende, que merecemos ser castigados.

Desde la perspectiva del desarrollo personal, no se concibe la vida sin fallos, descuidos, inexactitudes o errores. Equivocarse forma parte de las opciones que eliges en la vida y es un elemento importante en tu proceso de aprendizaje. Cometer errores es algo muy humano, pues el verdadero aprendizaje solo se obtiene a través de la experiencia directa.

Dicho esto, nunca tengas miedo de equivocarte. Cuando lo hagas, reconoce que cada error te brinda la oportunidad de aprender y mejorar, fortaleciendo así tu camino hacia una vida más plena y consciente.

El ejercicio del auto perdón que te libera de la culpa

Esta habilidad debes practicarla cuando la reacción desproporcionada y destructiva —RDD— haya desaparecido. Para perdonarte, lo primero que tienes que hacer es reflexionar sobre lo que ha sucedido, es decir, cómo has reaccionado y cuáles han sido las consecuencias de tus actos. Reflexionar implica pensar, dejando que las palabras se inscriban en tu biología.

A partir de aquí, lo más útil es que reconozcas tu malestar —o el sentimiento de culpa— y que afirmes lo siguiente: «El error forma parte del juego de la vida, por tanto, yo me perdono». Para que sea eficaz, es preciso que lo hagas desde el corazón.

Una vez que has pasado por este proceso, experimentas un alivio emocional significativo. La palabra alivio procede del latín alliviare y significa «aligerar, quitar peso». Con el alivio, desaparece el sentimiento de culpa y también el temor a posibles castigos.

Desde este espacio de claridad emocional puedes examinar la conducta que deseas modificar y diseñar una alternativa práctica y asequible para ti. Este paso es, en esencia, un acto de arrepentimiento sincero y es decisivo para avanzar en nuestro desarrollo personal.

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Javier Revuelta

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