Del observador a la meditación: herramientas para vivir en armonía con tus emociones

Así puedes transformar una discusión con el recurso del observador

Imagina que te encuentras en medio de una discusión acalorada. Si activas el observador, no te será difícil reconocer que estás queriendo tener razón a toda costa. En ese momento, puedes decidir dejar de discutir y, en su lugar, hacer preguntas o sugerencias. Al respirar con calma, te das cuenta de tu postura corporal y de la tensión que acumulas en la mandíbula, los hombros, el pecho… Con la conciencia corporal activa, la presión interna disminuye, te relajas y tu capacidad para observar tu estado de ánimo real aumenta. Esto es crucial.

Si eres capaz de mantener esta situación, sucederán dos cosas muy positivas. Tu negatividad emocional, gobernada por la ira, el miedo y la desconfianza, se disolverá, y tu mente sustituirá los argumentos defensivos por preguntas o sugerencias constructivas. En definitiva, lo que podría haber sido una pelea prolongada y dolorosa para ambas partes se transforma en una oportunidad para reflexionar y asumir nuevos desafíos en la relación.

El sorprendente experimento de Harvard sobre la meditación

La meditación debilita la llamada red neuronal por defecto, que es la responsable del estado de ensoñación, en el que nuestra mente divaga sin rumbo fijo. Esto también es relevante, pues esta red neuronal actúa como un imán, es decir, atrae otras neuronas. Además, nos conduce a sentirnos insatisfechos, pues cuanto más dispersos estamos, más infelices nos sentimos. Finalmente, entre los múltiples beneficios de la meditación está la capacidad de sincronizar las funciones corporales. En otras palabras, al meditar, logramos que nuestro organismo funcione como un todo coherente, es decir, como si fuera un «mecanismo bien engranado» o «una orquesta bien afinada».

La meditación incrementa nuestra capacidad de atención sobre lo que nos sucede y también nos da información valiosa acerca de quienes somos. Es una habilidad poderosa, altamente recomendable y en muchos aspectos fundamental en nuestra sociedad actual. Un experimento revelador, realizado en la Universidad de Harvard, ilustra esto claramente: a un grupo de voluntarios se les colocó en una habitación sin distracciones y se les pidió que controlaran sus pensamientos durante el mayor tiempo posible. Sorprendentemente, el 83 % de las personas encontró la experiencia desagradable y el tiempo promedio que pudieron mantenerse sin distraerse fue de seis minutos.

Nombrar tus emociones: la barra de acero incandescente

Las emociones se contagian con suma facilidad, traspasando las fronteras del espacio y el tiempo. Las negativas provocan reacciones más intensas y rápidas que las positivas, lo que las hace más contagiosas. Por consiguiente, tenemos que ser muy cuidadosos al respecto. En lugar de exteriorizar abiertamente nuestro desconsuelo, es más provechoso que lo expliquemos con palabras. Esta capacidad se llama lexitimia y es muy útil para evitar situaciones de contagio emocional.

El doctor y divulgador español Mario Alonso Puig afirma que al nombrar una emoción perturbadora, la obligamos a pasar por la zona prefrontal del cerebro, que es la base de los sentimientos positivos. De acuerdo con sus palabras: «Equivale a introducir una barra de acero incandescente por un chorro de agua fría». En definitiva, al nombrar nuestro estado de ánimo, logramos un mayor nivel de comprensión y evitamos que nuestro malestar influya negativamente sobre los demás. Por ejemplo, si estás en el trabajo, un entorno que requiere concentración y positivismo, mostrar tristeza por algo que ha ocurrido en casa, no es adecuado ni útil. Lo mejor es informar sobre la emoción, pero no intentar revivirla.

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Javier Revuelta

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