De la neurofisiología al trauma: así vive tu cerebro una emoción

Así nace una emoción en tu cerebro

La neurociencia aplicada al desarrollo personal nos proporciona una comprensión profunda sobre el papel que desempeñan las emociones en nuestro comportamiento. Básicamente estudia dos cosas: las estructuras cerebrales que se ven involucradas cuando somos movilizados emocionalmente y las funciones que se activan, tales como sinapsis neuronales, cambios bioquímicos, metabólicos o endocrinos, entre otros.

La experiencia emocional empieza cuando el cerebro recibe las impresiones sensoriales que llegan de los sentidos —vista, oído, olfato, gusto y tacto— y las señales que proceden directamente del cuerpo. Esta información se procesa inicialmente en la amígdala, conocida como el cerebro emocional, y después se interpreta en el neocórtex, o cerebro racional.

En este proceso intervienen dos factores: el contexto en el que ocurre la experiencia y la memoria que guardamos, en relación con la situación que estamos viviendo. Cuando razonamos sobre la emoción, la comprendemos al nivel de la experiencia. Al tomar conciencia de lo que nos sucede, ejercemos autocontrol. Entonces, en lugar de reaccionar impulsivamente, somos capaces de ofrecer una respuesta creativa y socialmente habilidosa.

Cuando la amígdala secuestra tu mente

Cuando una impresión sensorial es lo suficientemente intensa, la amígdala cobra mucho protagonismo. Se activa electromagnéticamente, aumenta su tamaño, envía señales eléctricas muy potentes y secuestra literalmente al cerebro racional. Mientras el lóbulo frontal está anulado por la amígdala —o periodo refractario—, el cerebro solamente elabora ideas que justifican la expresión emocional.

¿Qué significa esto? Muy sencillo. Si, por ejemplo, te enfadas con un amigo, durante el tiempo que dura el enfado, solo recordarás cosas negativas de esa persona. Este proceso es inconsciente, es decir, no nos damos cuenta de que nuestra percepción está completamente sesgada.

El hecho de que la amígdala pueda conducir nuestro comportamiento sin intermedio de la razón es positivo y, en muchas ocasiones, necesario para la supervivencia. Por ejemplo, si nos topamos con un perro furioso, lo que hacemos es salir corriendo, escondernos con la esperanza de que no nos descubra o enfrentarnos a él. Nuestra respuesta es inmediata, es decir, no procesamos racionalmente el miedo y tampoco reflexionamos sobre nuestras opciones. De hecho, si lo hacemos, lo más probable es que el perro termine mordiéndonos.

Así bloquea el trauma la energía del amor

Los niños, por regla general, vienen al mundo con una salud de hierro. Esto se debe a que el amor, que es una energía de alta vibración, fluye libremente hacia ellos, formando sus cuerpos sin encontrar obstáculos significativos. Sin embargo, cuando un niño experimenta un trauma, esta energía de amor se distorsiona y crea un bloqueo en su aura.

A partir de ahí, el amor no llega hasta él con la misma precisión y eficacia que lo hacía antes, y la geometría encargada de organizar su cuerpo —de acuerdo con las leyes que rigen el universo—, se ve alterada. Con el tiempo, esta alteración en el flujo energético se reflejará en un desarreglo físico, emocional y psicológico.

Los bloqueos que se forman en el aura son como cúmulos de energía y conciencia estancados. Están formados por una emoción de miedo y una imagen mental distorsionada, que interpreta el mundo como un lugar peligroso del que hay que protegerse. Desde una perspectiva energética, estos bloqueos pueden manifestarse de diversas formas y son percibidos a través de sensaciones físicas muy variadas. Por ejemplo, pueden sentirse como nubes densas y oscuras, mucosidades, cotas de malla que encorsetan el cuerpo, espinas, etc.

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Javier Revuelta

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