En cierta ocasión vino a consultarme un hombre cuya madre había fallecido hacía seis meses. Tanto él como sus hermanos consideraban que se había producido una negligencia médica y estaban pensando iniciar una batalla legal. Sin embargo, antes de hacerlo, quería conocer mi opinión.
Cuando accedí a canalizar el alma de su madre, me encontré con una energía radiante y luminosa. Desprendía haces de luz blanca y se mostraba alegre y risueña, pero también daba señales de estar perturbada. Enseguida comprendí que los pensamientos y las emociones que proyectaban sus hijos en relación con su muerte le estaban afectando negativamente.
Miré al consultante a los ojos y le transmití la información que estaba recibiendo. Él me miró con asombro y rompió a llorar de forma desconsolada. Al terminar la sesión, se fue convencido de que entablar una lucha legal no era sensato.
Siempre que alguien querido se marcha, tenemos que vivir un duelo. De esta forma reparamos la huella que nos deja en el alma y nos predisponemos a seguir en contacto con él o ella desde el corazón. No tiene mucho sentido pretender continuar con los planes que tenía.
La vida está en constante cambio y nadie sabe lo que hubiera hecho de haber seguido vivo. Tampoco es beneficioso mantener sus espacios impolutos, abrirle una página web en una red social, lamentar de continuo su ausencia o recordarle con tristeza durante tiempo indefinido. No hay que atarse a los muertos, pues ni les ayudamos a ellos ni nos ayudamos a nosotros mismos. El dolor de su ausencia hay que repararlo, no perpetuarlo.
Para ayudar a una persona que ha fallecido, lo más importante es evitar las emociones de aflicción. Hay que enviarle esperanza y sugerirle que pida ver la luz y que se deje asistir por sus guías.





