La cuarta dimensión de nuestra personalidad afecta a las relaciones que mantenemos con otros seres, con los objetos y con los fenómenos de la naturaleza. En este nivel la vida es incierta y se escapa al control racional. El poder que tenemos sobre otros es solo una ilusión de la mente. Nadie tiene la potestad de hacer feliz a otra persona, de salvarla de su desdicha ni de limitar su libertad de conciencia.
En cualquier caso, esta dimensión es por naturaleza paradójica. ¿Por qué razón? El deseo de entrar en comunión con otras personas se opone a la necesidad de preservar nuestras señas de identidad. Por un lado nos gusta estar unidos a los demás, pero de igual forma sentimos la necesidad de separarnos de ellos. Esta aparente contradicción realiza una función muy valiosa: hace de puente entre el espíritu y el ego.
¿Qué significa esto? Las relaciones evidencian tus límites y ponen de manifiesto tus virtudes personales.
Por un lado, reflejan las conductas «anómalas» que están condicionando tu experiencia. Cuando reaccionas con ira, miedo, soberbia, odio, desconfianza, insatisfacción, etc., lo que haces es proyectar tu malestar sobre los demás. Los otros te permiten ver aquello que has venido a liberar para poder hacer realidad tus sueños. De alguna forma, ponen en evidencia las resistencias que estas oponiendo a la vida y te dan la oportunidad de reconocerlas y transformarlas.
Al mismo tiempo, te abren la puerta para que puedas recordar los aspectos de ti mismo que aún no has incorporado a tu personalidad. Gracias al otro, eres capaz de reconocer los brillos del alma que están gravitando sobre el ego a la espera de ser encarnados. La satisfacción, el valor, la confianza, la perseverancia, la bondad, la libertad, la compasión, la fe…
Las virtudes personales que ves en los demás son en realidad reflejos de tu propia grandeza y te dan la oportunidad de reconocer tu valía y de ponerla en práctica.
El quinto nivel de experiencia es el espiritual. Todos venimos de este plano y volveremos a él después de la muerte. En este espacio tienes la conciencia del alma, que es quien realmente experimenta, aprende y continúa el viaje a través de la existencia.
A esta dimensión accedes al transcender la realidad física. Cuando accionas esta llave, recibes las intuiciones geniales que iluminan tu mente y eres nutrido por los sentimientos de placer que experimentas como llovidos del cielo.
El espíritu se arraiga en ti a través del afecto y la compasión y gracias a él eres capaz de amarte a ti mismo para poder amar a otros. Sin su impulso no existirías y tampoco podrías modificar la percepción que tienes sobre la realidad. El aliento del espíritu es el latido de tu corazón, es tu cuerpo en constante transformación y es tu esencia divina interna «observándote» y guiándote por la vida.





