La ciencia admite la posibilidad de que la vida llegase del espacio exterior dentro de meteoritos.
En 1996 se halló en la Antártida un fragmento rocoso de origen marciano que contenía en su interior bacterias fosilizadas. Los científicos admiten que, si un meteorito es lo suficientemente grande, puede proteger la vida de las bacterias contenidas en su interior durante miles o incluso millones de años. Estos microorganismos habrían viajado congelados (dado que las temperaturas en el espacio son muy bajas) y gracias a eso habrían sobrevivido y llegado hasta la Tierra en condiciones de crear nueva vida.
La idea de que somos seres procedentes de las estrellas, la teoría de la Panspermia, quizá no sea una metáfora romántica. Como afirma la bióloga estadounidense Lynn Margulis: «La vida está hecha de materia y esta es un flujo de energía que procede de las estrellas».
Algunos científicos opinan que los primeros rastros de vida podrían haber llegado de forma intencionada, inducidos por alguna forma de conciencia. El descubridor del ADN y Premio Nobel de Medicina en 1962, el biólogo molecular británico Francis Crick, dice lo siguiente: «Pudiera la vida haber empezado en la Tierra como resultado de una infección por microorganismos mandados a nuestro planeta desde otro lugar por una civilización tecnológica».
Las incógnitas sobre el origen y la evolución de la vida nos afectan también a nosotros, los seres humanos. El Homo sapiens apareció sobre la Tierra hace doscientos cincuenta mil años, pero los primeros homínidos bípedos tienen una antigüedad de más de seis millones.
Una de las preguntas que los científicos se hacen sobre la evolución de nuestra especie es la siguiente: ¿qué sucedió realmente para que en apenas doscientos cincuenta mil años un proceso tan lento experimentara un cambio tan vertiginoso? Lo cierto es que no se han encontrado fósiles que nos conecten con un antepasado cercano.
Asimismo, la diferencia genética entre los seres humanos y los chimpancés, aunque se diga que es solo de un uno por ciento, supone en realidad una brecha gigantesca, de más de mil trescientos millones de letras de código genético.
Otro hecho misterioso es que solo estemos empleando entre el uno y el dos por ciento de nuestro material genético. El resto se conoce como ADN basura. El bioquímico norteamericano Joe Dispenza, nos recuerda que existe un principio biológico según el cual, en la naturaleza, todo se aprovecha. Dicho de otra forma, si ese ADN está ahí será por algo, pues, de no ser así, en el curso de nuestra evolución habría desaparecido. Una vez más la ciencia se encuentra con un eslabón perdido y se llena de preguntas a la hora de esclarecer nuestro verdadero origen.





