Cuando el estímulo que ha desencadenado nuestra reacción se extingue, el comportamiento anómalo y destructivo comienza a debilitarse y es sustituido por un sentimiento de aflicción que termina generando otro de culpa.

En esta fase recuerdas el enfado, las lágrimas derramadas, los reproches, las quejas, el desprecio, las ausencias, los insultos, las amenazas, el silencio incómodo, las ironías, los desplantes, las evasivas… y, naturalmente, el daño que has ocasionado a otros seres y a ti mismo.

El sentimiento de culpa lleva asociado el miedo al castigo y hace de ti un inculpado, es decir, alguien que debe ser juzgado. Para resolver esta incómoda situación, haces tres cosas (una de ellas o varias):
 
1.   Te apropias de la culpa.
Si entonas el mea culpa, todo tu ser se deprime por el miedo inconsciente a ser castigado. De hecho, la autocrítica destructiva que produces («soy idiota, soy mala per- sona, quién me manda meterme donde no me llaman…») es la forma que eliges para mortificarte y expiar tu infracción.

En la mejor de las situaciones, te haces un montón de promesas encaminadas a corregir la conducta que consideras impropia («no lo volveré a hacer», «tengo que ser más constante, paciente, flexible, generoso, fuerte…»).

Activar un proceso de reeducación es positivo, pero corres el riesgo de crearte una expectativa muy elevada y provocar una espiral de ansiedad nada saludable. El motivo es que las emociones que reprimes se van haciendo cada vez más poderosas y, siempre que surge un estímulo perturbador, vuelven a tomar el control sobre la conducta y te conducen a otra RDR.

En suma, las promesas que te has hecho a ti mismo nunca terminan de cumplirse. Otra consecuencia derivada de apropiarte de la culpa es que te puedes dejar arrastrar por la tristeza hasta el punto de hundirte en una honda melancolía, deprimirte y enfermar.
 
2.   Niegas la culpa.
En esta ocasión lo que haces es transformar el estímulo externo que ha provocado tu RDR en un enemigo imaginario. Aquí te aventuras a provocar una guerra. Todos los conflictos que vivimos los seres humanos tienen esta base común de culpabilidad no reconocida.

3. Buscas el perdón fuera de ti mismo.
Si eres una persona religiosa, quizá te confieses o ruegues a Dios pidiéndole clemencia. También puedes pedir perdón a las personas o a los seres a los que has perjudicado.

En ambos casos, estás delegando en otros el poder de liberarte de tu sufrimiento y creando la ilusión de ser salvado por ellos. Esta actitud produce relaciones de dependencia y no te ayuda a madurar.

La práctica de ponerte en manos de los demás para liberarte de tu angustia te proporciona cierto alivio pero, en el fondo, te genera autorrechazo. Te sientes obligado a cumplir con un estándar de conducta que no se corresponde con tu estado de ánimo real ni con la forma en la que deseas actuar.

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Javier Revuelta

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