Mi aterrizaje en el mundo del crecimiento interior se produjo como consecuencia de una crisis personal. Por un lado, mi elevada percepción sensorial había comenzado a sobrepasarme y, por otro, mi salud se estaba deteriorando. Cuando empecé a investigar, lo primero que descubrí fue que estaba muy enfadado, conmigo mismo y con el mundo.
Sin embargo, mi ira estaba reprimida. Permanecía oculta bajo una máscara, es decir, se encontraba en un nivel por debajo de la conciencia. Esta energía negativa era muy poderosa, pero yo no la estaba canalizando bien. Al mantenerla estancada, había comenzado a echar raíces en mi cuerpo y el resultado era que me estaba literalmente destruyendo por dentro.
Confucio dice: «Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas». En mi situación, las palabras del filósofo chino tenían pleno sentido. No porque quisiera vengarme de nadie, sino porque la rabia interna que sentía campaba a sus anchas y, aunque la reprimiera, en el fondo hacía conmigo lo que quería.
Nada más tomar conciencia de esta emoción destructiva, la imagen idealizada que me había fabricado de mí mismo se vino abajo. Al principio me quedé desorientado. Esta imagen decía: «Yo soy el bueno». Al abrigo de esta creencia, me las arreglaba muy bien para echar la culpa a los demás o a las circunstancias de todo lo malo que me sucedía. Cuando se producía un conflicto, nunca reconocía mis defectos y siempre defendía y justificaba a la perfección mi comportamiento. Resumiendo, jamás tenía problemas y siempre estaba en posesión de la verdad.
Esta máscara estaba ocultando dos aspectos de mi personalidad en los que yo no me había reconocido todavía: mi creatividad estaba siendo solapada y había un ser destructivo que convivía conmigo.
Uno de los filósofos y ensayistas más influyentes del siglo xx, el español José Luis Aranguren, considera que desde el punto de vista moral existen tres formas de comportamiento. En primer lugar está el ser moral que hace cosas positivas en beneficio de sí mismo y de los demás. Luego está el amoral que, sin saberlo, hace cosas negativas o positivas que lastiman o benefician a otros. Finalmente está el ser inmoral que actúa con maldad y perjudica a otros con conocimiento de causa.
Estos tres aspectos del ser están presentes en todos nosotros. Si admitimos que todos ellos forman parte indisociable de nuestro carácter, podremos forjarnos una personalidad equilibrada. En caso contrario, andaremos cojos y maltrechos.
El ser moral es nuestra parte luminosa y creativa, el amoral es el que se oculta detrás de las máscaras y el inmoral es el que se destruye a sí mismo y a los demás.





