El ser enmascarado es la parte de la personalidad que vive atrapada en la separación y que refleja lo que no eres.

La máscara incorpora a tu personalidad la ilusión de la realidad, pero no vive desde ella.

Desde aquí te formas una imagen idealizada del mundo y de tu propia persona y tratas a toda costa de completarla.

Al funcionar de manera encubierta, siempre crees que estás haciendo lo correcto y empleas mucha energía en demostrar a los demás que tienes razón. En cuanto alguien te hace notar tus faltas, te pones a la defensiva y tratas de negarlas. La principal función de la máscara consiste en asegurarnos dos cosas:

1- En toda situación conflictiva, nosotros somos «los buenos».

2- El dolor emocional y psíquico no existe en nuestra vida.

El ser enmascarado lo construimos a partir de los traumas infantiles que hemos experimentado y de las respuestas defensivas que hemos elaborado para no sentir dolor.

El uso de máscaras es tan habitual que no solemos darnos cuenta de ello. Lo consideramos algo normal, pues entendemos que es necesario predecir nuestra conducta y la de los demás.

Si lo piensas detenidamente, resulta contradictorio que, para sentirnos seguros, estemos empleando una ilusión de la mente que hemos creado desde el miedo y que nos separa de nuestra esencia.

En Un curso de milagros se dice:

«Tú forjas un concepto de ti mismo, el cual no guarda semejanza alguna contigo. Es la cara que sonríe y es amable, e incluso parece amar. Busca compañeros, contempla a veces con piedad a los que sufren y, de vez en cuando, ofrece consuelo. Cree ser buena dentro de un mundo perverso».

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Javier Revuelta

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