«Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de empezar a decir la verdad» (Bertolt Brecth).
La energía que utilizas para mantener viva la máscara es sostenida bajo presión. Cada vez que te expresas desde ella, la tensión sobre la personalidad se incrementa.
Recuerda que la imagen idealizada que te has creado de ti mismo no solo es falsa sino que nunca alcanzas a completarla. Lo cierto es que vivir de este modo no resulta muy saludable. De hecho es el germen del drama, el aburrimiento y las adicciones.
El precio que pagamos por mantener nuestras máscaras es muy variado.
En ocasiones, la rigidez que acumulamos termina por estallar de forma súbita y produce una huella en el alma. En esta situación, lo que hacemos es provocar una crisis de consecuencias imprevisibles.
Otras veces, el precio consiste en permanecer durante largos periodos de tiempo en una relación dependiente o destructiva. Lo hacemos por inercia, por comodidad y sobre todo por miedo. Es posible que ya no haya amor, que la amistad esté marchita o que el proyecto en el que nos embarcamos con otras personas haya perdido su espíritu inicial. Sin embargo, seguimos representando fielmente el personaje del amigo, de la pareja o del compañero de aventuras.
También es verosímil que las emociones reprimidas terminen echando raíces en el cuerpo y nos provoquen una enfermedad física o que la rumiación de ideas infecciosas desemboque en una imagen desvalorizada de nosotros mismos y en una merma de la autoestima.
Otra posibilidad es que proyectemos el malestar hacia afuera y fabriquemos enemigos imaginarios de lo más variado. Cuando esta dinámica se transfiere a nivel colectivo, se puede producir una escalada de violencia y desembocar en una guerra. El costo de funcionar con máscaras es potencialmente muy elevado.
En último término, tal y como afirma el cantante y músico de jazz estadounidense Louis Armstrong: «Lo que nos jugamos es la vida».





