Los tres efectos que un trauma deja en ti
Las situaciones traumáticas que vivimos en la infancia son muy variadas y cada persona las registra de manera distinta. No obstante, siempre que experimentamos un trauma, hacemos tres cosas. Transferimos la tensión al cuerpo. Sustituimos los sentimientos placenteros de amor, por emociones perturbadoras de miedo. Creamos una imagen para intentar comprender lo sucedido.
En la pequeña historia que introduce este capítulo, Ángel pasó de experimentar una situación muy placentera, a verse privado bruscamente del alimento y los cuidados que le prodigaba su madre. Entonces, hizo lo que hace todo el mundo cuando vive un trauma: tensó su cuerpo, sintió miedo y, a nivel inconsciente, fabricó una imagen que trataba de explicar lo ocurrido.
Cuando somos niños no comprendemos que nuestros padres nos hagan daño. A fin de cuentas, lo son todo para nosotros y dependemos completamente de ellos para sobrevivir. Por eso, cuando nos lastiman, tendemos a disculparlos y protegerlos instintivamente. Esta dinámica opera a nivel inconsciente y es universal. Por ejemplo, cuando una madre suspende repentinamente la lactancia de su hijo, este siente que el ser que más le quiere y al que más ama en el mundo, le está abandonando y dejando sin alimento. Para reconciliar esta contradicción, el niño busca una explicación y crea una imagen en su mente que dice algo así como: «Amar equivale a ser abandonado».
Por qué no recuerdas tus traumas (aunque el dolor siga vivo)
La neurocientífica española Nazareth Castellanos ha comprobado que los traumas distorsionan la actividad cerebral de manera significativa. Cuando experimentamos un trauma, la parte del cerebro más involucrada con las emociones, la amígdala, aumenta de tamaño y se vuelve más activa. El resultado es que nuestra experiencia emocional se intensifica. A partir de ahí, muchas funciones cerebrales se bloquean. El hipocampo, por ejemplo, encargado de regular la memoria, se encoge y se inhibe. Esto explica por qué los sucesos traumáticos, a menudo, se recuerdan de manera difusa o incluso se olvidan por completo, especialmente si el dolor ha sido muy intenso.
Lo cierto es que, aunque el suceso traumático en sí no se recuerde, el cerebro retiene la experiencia emocional en su memoria. En otras palabras, la amnesia que sufrimos durante un trauma, ya sea total o parcial, afecta al acontecimiento, pero no a los sentimientos implicados. Por esta razón, muchas veces nos sentimos mal sin un motivo aparente.
El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional
A finales de la década de 1980, un grupo de científicos norteamericanos diseñó un proyecto llamado Biosfera 2. Consistía en la creación de un sistema ecológico cerrado, para explorar la viabilidad de habitar en otro planeta. Al cabo del tiempo, constataron que los árboles se morían antes de alcanzar la madurez. Entonces, se dieron cuenta de que necesitaban del viento para crecer fuertes. Al parecer, la exposición al viento provocaba el nacimiento de la «madera del estrés», que era el núcleo que le daba integridad y fuerza al árbol, y fortalecía sus raíces.
Este ejemplo se puede extrapolar a los seres humanos. Si un niño es sobreprotegido y no enfrenta adversidades, lo más probable es que crezca débil y vulnerable. Si no dispone de recursos para afrontar las dificultades de la vida, al menor contratiempo se sentirá derrotado y es posible que renuncie a asumir nuevos desafíos. En suma, habrá tirado la toalla antes incluso de empezar.
El maestro espiritual Buda Gautama dijo hace miles de años lo siguiente: «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional». Esta frase encierra una gran sabiduría. En lugar de considerar el sufrimiento como algo inevitable e inherente a la condición humana, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos. Nos sugiere que el dolor puede ser un recurso del cual podemos aprender lecciones para crecer en sabiduría y amor.
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