Durante mucho tiempo nos hemos creído la historia de que la vida se originó en el agua y evolucionó a través de un proceso de selección natural.

Nos han contado que, dadas unas condiciones ambientales concretas, una serie de compuestos químicos presentes en la atmósfera y en los océanos (nitrógeno, oxígeno…) reaccionaron y crearon los primeros organismos unicelulares.

En 1953, el científico estadounidense Stanley Miller llevó a cabo un experimento que se hizo famoso. Recreó una atmósfera similar a la que tenía la Tierra en su infancia y la «cocinó» con una corriente de sesenta mil voltios durante una semana.

El resultado fue que el agua se pobló de algunos aminoácidos y de otras moléculas necesarias para la vida.

No obstante, este ensayo presentaba dos problemas. En primer lugar, era muy improbable que las condiciones ambientales creadas por Stanley fueran las mismas que las de la Tierra primitiva. Además, aunque lo hubieran sido, una cosa es producir moléculas y aminoácidos a partir de compuestos inorgánicos y otra bien diferente organizarlos para crear formas de vida complejas.

En 1980, en un congreso sobre el origen de la vida celebrado en Estados Unidos, se concluyó por unanimidad que esta no se pudo formar a partir de unas cuantas reacciones químicas. Se aceptó que la energía por sí sola era incapaz de organizar los elementos necesarios para formar un ser vivo, ni siquiera una humilde bacteria. Hoy en día la ciencia admite que el secreto de la vida no reside en la química sino en la información. Es la organización de sus componentes lo que la hace tan misteriosa. De modo que podemos hacernos la misma pregunta que plantea el escritor y divulgador científico español Eduardo Punset:
 
El problema no es de hardware sino de software. Pero: ¿existen leyes que rijan el comportamiento del software encargado de organizar la información?, ¿nos enfrentamos a un programa informático que se escribió a sí mismo por casualidad?

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Javier Revuelta

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