Sea como fuere, el camino del alma continúa hasta unirse al espíritu y formar parte de la totalidad.
En este nivel, el viaje a través de la dualidad llega a su término.
Entramos en un estado sin tiempo y sin espacio y ya no necesitamos volver a encarnarnos más. Aquí el alma ya ha aportado a la unidad la sabiduría acumulada a lo largo de sus múltiples encarnaciones.
Con el tiempo, es posible que termine por disiparse completamente en la inmensidad del espíritu, lo que podría interpretarse como la muerte de alma. El erudito espiritual español Emilio Carrillo apunta en esa dirección cuando dice, citando al poeta y místico sufí del islam Mansur Al-Hallaj: «Dios es yo y yo soy Dios cuando ceso de ser yo».
A medida que el alma va soltando los condicionamientos de la dualidad, la relación con la esencia amorosa se hace más nítida y las posibilidades creativas aumentan. Nuestro viaje llega a su fin cuando nos unimos al espíritu y pasamos a formar parte de la totalidad.
En términos generales, lo que vivimos antes y después de la muerte es un proceso de expansión de límites. Estos márgenes los hemos creado nosotros mismos con el fin de experimentar y de conocernos mejor.
Mientras estamos en este mundo, las fronteras son muy rígidas (el cuerpo, el tiempo de vida disponible, el sexo…).
En cambio, en el astral, las únicas resistencias que encontramos son nuestras emociones perturbadoras y nuestros sistemas de creencias falsos. Liberarlos y trascenderlos es más costoso que en el plano físico, pues vivimos las emociones con mucha más intensidad. Además, no tenemos un cuerpo que nos informe sobre la experiencia que estamos teniendo. Como el intervalo de frecuencias en el que nos movemos es más limitado, la experiencia resulta menos rica.
En la Tierra podemos cambiar de frecuencia con solo chasquear los dedos. Hoy nos queremos con locura y mañana nos odiamos. En el astral, esto no es posible, pues las emociones y los pensamientos crean las condiciones del entorno que vivimos y lo hacen de forma inmediata.
A tenor de esta diferencia, parece obvio que nuestro paso por la Tierra representa una gran oportunidad: la de liberar una gran carga emocional y mental en un periodo de tiempo muy reducido. ¿Sabremos aprovecharla?





