Esta etapa de aclimatación puede prolongarse más o menos tiempo. Si, por ejemplo, la persona no se ha dado cuenta de que ha muerto y se ha queda apegada al plano terrenal, podrá vagar como un fantasma durante tiempo indefinido.
También puede suceder que el alma no consiga desprenderse de la negatividad que acarrea del plano terrestre. Entonces será arrastrada hacia un bajo astral y vivirá experiencias desoladoras, tristes y sombrías.
En cualquier caso, la clave para una evolución favorable consiste en seguir a la esencia personal.
El tránsito desde la zona de aclimatación hasta la esfera astral en la que nos situamos de forma más permanente se vive como un pasaje de luz y amor.
Muchas de las personas que han tenido una ECM afirman haber recorrido un túnel, un pasillo, un pórtico o cualquier otro elemento de transición que depende de su cultura de origen.
Por su parte, las almas desencarnadas que permanecen desorientadas y no encuentran el «camino de regreso a casa» viven algo parecido cuando son ayudadas desde el plano terrestre. Al hablarles de amor y enviarles energía de alta vibración, lo primero que ven es un resplandor o una claridad. A partir de ahí, el anclaje de luz se fija a la conciencia y ya disponen de una guía a la que poder seguir. La médium mexicana Jocelyn Arellano relata lo siguiente:
Cuando estas almas piden ver la luz, nos dicen que se abre una rendijita y que la claridad que irradia desde ella se va haciendo más grande. El alma comienza a sentir un amor enorme y al poco tiempo suele declarar que ha entrado o que se encuentra en el cielo.
Cuando morimos, pasamos un tiempo aclimatándonos a la nueva situación energética. Cuando conseguimos reconocernos en nuestra propia esencia, la evolución se torna favorable.





