Antes de abandonar el cuerpo, el alma comienza a despedirse con antelación. En ocasiones lo hace con dos o tres años de adelanto y en otras, apenas unas semanas antes. A veces crea una enfermedad crónica. Eso debilita el ego y facilita que la persona se despida de sus seres queridos y de las ataduras que la mantienen sujeta al plano físico. También puede inducir una demencia senil, pues así el anciano se va familiarizando con el lugar al que se dirige.

La muerte es vivida muchas veces como un fracaso, tanto para el que se va como para aquellos que intentan mantenerlo con vida. No obstante, en numerosas ocasiones es la mejor medicina para el alma y un claro exponente de la evolución favorable de esta.

De acuerdo con Elisabeth Kübler-Ross, cuando una persona toma conciencia de que su muerte está próxima, es frecuente que pase por cinco etapas. Al principio no se lo cree y niega que tal cosa vaya a suceder. El ego es orgulloso y alimenta la idea de existir por sí mismo. Su principal objetivo es sobrevivir y controlar el entorno. Por tanto, ante un acontecimiento que se escapa a su control, lo primero que hace es negarlo.

Más tarde, cuando la persona se da cuenta de que la cosa va en serio, se siente muy frustrada. Es posible que odie la vida, las circunstancias que la rodean o incluso a sí misma. De esta forma, la energía de la negación se expresa y no se estanca. Cuando ha descargado su enfado, intenta negociar lo inevitable.

Como nadie en este plano le puede dar garantías de que seguirá viva, comienza a abrirse al espíritu. Quizás admita por primera vez la existencia de Dios y le pida que la salve a cambio de cumplir alguna promesa. A medida que la persona se da cuenta de que eso tampoco va a suceder, comienza a perder algunas de sus defensas. Entonces entra en una fase depresiva. Con la depresión llegan la melancolía y el recuerdo de la unidad de la cual procede. Esta remembranza refresca el alma y facilita que el ego acepte lo inevitable.

A medida que se rinde incondicionalmente al espíritu, el ego cede poder y el alma toma las riendas del proceso. De esta forma, se asegura una transición pacífica y un renacimiento favorable. Estas etapas son generales y han sido comprobadas en miles de casos de personas que llegaban al final de sus días.

Lo curioso es que se suceden también en las situaciones adversas que nos presenta la vida. Imagínate que te han echado del trabajo. Al principio no te lo crees. Luego odias a tu jefe, a ti mismo… Después de la tormenta llega la calma e intentas remediar la situación. Intentas negociar con las personas afectadas. Si eres creyente pides ayuda a Dios. Una vez que el proceso negociador se ha roto, te mueves hacia adentro y te deprimes. Eso te ayuda a conectar con tu esencia personal y a recordar que eres un ser valioso. Te rindes a tu verdadera condición, recuperas el ánimo y te abres a encontrar otro trabajo.

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Javier Revuelta

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