Una noche recibí la llamada de una alumna. Su padre se estaba muriendo y necesitaba mi ayuda. Llegué a su casa a las diez. Me pasaron a una habitación en la que había un hombre de 65 años (le llamaré Pedro) en la cama. Tenía los ojos cerrados, la tez pálida y la boca levemente entreabierta. Respiraba con dificultad y apenas se movía.

Los familiares deambulaban nerviosos. Los reuní en el salón y les dije algo que ya sabían: que se estaba muriendo. Les expliqué lo que debían hacer para favorecer su partida y les tranquilicé, asegurándoles que la muerte no era una tragedia sino un acto sagrado y una oportunidad de progreso para el alma.

Volví al lecho de muerte y realicé una meditación. Enseguida, el alma del moribundo se puso en contacto conmigo y solicitó ayuda. Se encontraba intranquila. Sentía que sus parientes no estaban aceptando su marcha. Me pidió que se lo dijera y solicitó flores. Necesitaba una atmósfera de paz y armonía para poder realizar el tránsito. Antes de despedirme, sentí la presencia de dos guías. Me dieron las gracias por mi labor y me pidieron que volviera al día siguiente.

Regresé de nuevo al anochecer y me encontré un ambiente más relajado. Me relataron un episodio del día anterior. Pedro había recobrado la conciencia durante unos instantes, se había despedido de todos con la mirada y había jugado con las flores que le habían traído esa misma mañana.

Cuando volví a conectar con el alma del moribundo, sentí regocijo, pero también cierta turbación. Ya no se sentía mal por el ambiente que reinaba en la casa. Sin embargo, estaba desorientada, pues no sabía muy bien adónde se dirigía. Cerré los ojos y visualicé unas montañas con prados verdes. Le sugerí a la familia que buscaran un cuadro o una fotografía de un paisaje natural y lo colocaran encima de la cabecera de la cama. De esta forma, el alma que partía podría crear un entorno agradable al que dirigirse. Después limpié su aura de residuos etéricos, la llené de luz rosada y me despedí con una sonrisa.

Llegué a mi casa sobre la una de la madrugada. Abrí la puerta con sigilo, entre en el salón y me senté en el sofá. Cerré los ojos y respiré en silencio. Necesitaba integrar lo que había vivido esa noche y la anterior. Al poco tiempo, comencé a sentir una energía blanca y luminosa que me rodeaba. Era como una espiral de la que salían chispas y rayos de luz blanca y dorada. Me dejé llevar por ella y mi conciencia se elevó hasta un lugar desconocido para mí. Todo se movía con gran rapidez. Había muchos seres de aspecto bondadoso y en el espacio se dibujaban formas geométricas de luz de gran belleza. Me sentí formando parte de todo aquello y comencé a llorar de alegría. Aquella noche comprendí que la muerte es un acontecimiento magnífico. Me sentí muy honrado y agradecido. Ese mismo día, a las dos de la madrugada, el alma de Pedro abandonó su cuerpo y «pasó a mejor vida».

Resumen de privacidad
Javier Revuelta

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Cookies estrictamente necesarias

Las cookies estrictamente necesarias tiene que activarse siempre para que podamos guardar tus preferencias de ajustes de cookies.