«El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo acaso más que para engañar a otros» (Jaime Balmes).
La máscara también la creamos a medida que perdemos la inocencia de la infancia (la conexión con la esencia amorosa) y la sustituimos por las creencias de nuestros padres.
Las voces que internalizamos de nuestros progenitores son mensajes que tratan de explicarnos cómo funciona el mundo y qué debemos hacer para ser felices.
Este proceso es reforzado por los profesores del colegio, los medios de comunicación, la parroquia, el club de montaña, los amigos…
En este sentido, la construcción de la máscara es un intento de encontrar un sitio en la sociedad y de evitar ser rechazados o heridos. Las incorporamos a la personalidad y disponemos de ellas para poder relacionarnos siguiendo unas convenciones y normas de lo más variado. Algunas se han fraguado en nuestro linaje de sangre y otras son creencias colectivas muy remotas.
El problema de la máscara es que niega lo que realmente somos y, por ende, impide que establezcamos una conexión con el otro desde el ser.
Por otro lado, muchas de ellas han perdido su utilidad y su sentido, pues actúan en contra de lo que internamente deseamos o sentimos.
En el fondo, la máscara es hipócrita pues sabe que es una impostora, pero procede como si fuera verdadera. Por ejemplo, dice: «Yo (o el mundo) soy así, no puedo cambiar» o «Mi vida es maravillosa en todos los sentidos». Sin embargo, sabe que no es cierto y siente impotencia o enfado consigo misma.





