He conocido muchas personas obsesionadas con la idea de localizar las raíces de su dolor.
Creen que lo van a mitigar cuando detecten los abusos o la desatención que sufrieron por parte de sus padres o cuando localicen la situación que vivieron en otra vida.
Conocer las causas es útil, pero el dolor no desaparece por ello. Razonar sobre el origen de un «mal funcionamiento» sienta las bases del perdón hacia nosotros mismos y también hacia las personas que provocaron el trauma.
Sin embargo, la mente forma parte del problema. Ha sido la encargada de crear el falso sistema de creencias que justifica el malestar emocional y, por tanto, no tiene poder para eliminarlo.
Si deseas resolverlo de verdad, tienes que entrar en el cuerpo. Tu organismo es el depositario de todas las situaciones vitales que te han acontecido desde que naciste. En él se esconden los secretos de tu personalidad oculta y es desde él desde donde salen a la luz las zonas de sombra que precisan ser aclaradas. Por consiguiente, necesitas confiar plenamente en él y permitir que tome las riendas del proceso.
Si confías en ti mismo y sostienes la intención de amarte, podrás comprobar algo interesante: el malestar físico y emocional solo permanece (o aumenta) si lo fijas con la mente (buscas las causas, lo etiquetas, intentas eliminarlo, lo maldices…).
En cambio, si respiras con tranquilidad, te relajas de forma progresiva, abres el corazón y aceptas sin resignación lo que estás viviendo, tanto las sensaciones físicas como los estados de ánimo perturbadores comenzarán a transformarse.
A partir de ese momento, la Hidra de las mil cabezas dejará de ser un monstruo terrible e invencible y se transformará en un aliado de tu crecimiento.
Para sanar una herida y reeducar un comportamiento, tenemos que aislar el estímulo que lo desencadena y observarnos sin su presencia. La mente debe estar al servicio del cuerpo y permitir que el dolor se libere y se transforme con la fuerza del amor.





