«Si miras dentro de tu corazón y no ves nada malo, ¿de qué te puedes preocupar?» (Confucio).
El miedo refleja siempre una parte de ti mismo que se ha quedado anclada en la infancia. Este aspecto de tu personalidad está interpretando la realidad con un material psicológico que se halla congelado en el tiempo. Sin embargo, no representa la totalidad de lo que eres.
Por eso, una buena forma de gestionar el miedo consiste en hablarle. Puedes preguntarle cosas como:
- ¿Qué me estás enseñando de mí mismo?
- ¿Qué aspecto de mi personalidad me traes a la conciencia?
Si, al mismo tiempo, haces afirmaciones que refuercen tu autoestima y tu capacidad de comprensión y compasión, el miedo se irá diluyendo y finalmente se extinguirá.
A fin de cuentas, cuando le hablas al miedo, en realidad te estás hablando a ti mismo. A esa parte de ti que permanece herida y de la que te has separado. De modo que no te olvides de ser amable, franco, generoso… y, sobre todo, de darte todo el amor que mereces.
Detrás de cualquier aprensión está siempre el temor a ser aniquilado. En definitiva, el miedo a la muerte.
La muerte es solo una transición para el alma. Es un gran momento de integración en el que se disuelven las estructuras físicas con las que operamos en la vida como seres humanos.
Pensar en ella es una buena oportunidad para situarte en el momento presente. Cuando tengas miedo y nada te funcione, pregúntate: ¿Cómo será mi muerte?





