A la hora de explicar el origen y la evolución de la vida, la teoría de Darwin es aceptada universalmente. Al mismo tiempo es también una de las ideas más controvertidas, peor comprendidas pero más conocidas por el gran público. Uno de los mayores expertos en Biología Evolutiva, el estadounidense Mark Pagel, nos desvela el alcance de este descubrimiento:
Charles Darwin hizo gala de una gran lucidez al determinar que todas las especies terrestres descienden de otras especies. Lo cual nos lleva a dos conclusiones: la primera es que cualquier cosa sobre la Tierra está relacionada con todo lo demás. La segunda es que, si todos venimos de un antepasado común, una humilde bacteria está tan evolucionada como tú y como yo. Porque, al igual que tú y yo, ha evolucionado desde ese antepasado común.
La Teoría de la Evolución es muy robusta y ha sido validada mediante pruebas experimentales de muy distinta naturaleza. Por un lado están las taxonómicas que, en función de las semejanzas y diferencias encontradas entre los seres vivos, los clasifican en reinos, clases, órdenes, familias, géneros, especies, subespecies, variedades y razas.
Este sistema se representa como un árbol en cuyas raíces encontramos los orígenes de la vida. Fue propuesto por el naturalista sueco Carlos Linneo en el siglo xviii, quien mucho antes que Darwin ya nos catalogó como Homo sapiens dentro del orden de los primates.
En la actualidad, la diversidad biológica del planeta podría situarse en torno a los cincuenta millones de especies diferentes, de las cuales solo se ha catalogado el quince por ciento.
Otra de las evidencias más clásicas que avalan la teoría de Darwin es la anatómica. Aquí encontramos los llamados órganos vestigiales, es decir, estructuras anatómicas que aún conservamos pero que tienen poca o nula utilidad. Las muelas del juicio, por ejemplo, evidencian que, en un pasado remoto, comíamos raíces o semillas duras; el vello corporal en los hombres nos da una idea de quiénes eran nuestros antepasados; el coxis muestra los restos de una cola, etc.
Por otro lado, están las estructuras anatómicas que, siendo similares, se han diferen- ciado según las especies. Por ejemplo, las extremidades superiores de los mamíferos presentan un origen común, pero en los cetáceos son aletas para nadar; en los monos, manos prensiles; en los murciélagos, alas; en los topos, garras…





