En estos momentos, la humanidad se encuentra en medio de una encrucijada. A nivel colectivo ya hemos decidido dejar de vivir desde el miedo y estamos comenzando a hacerlo desde el amor. De no haber sido así, ya nos habríamos destruido hace tiempo.
Hemos dado el primer paso. Esto implica ponernos al servicio de la Tierra y abandonar la vieja costumbre de esquilmarla. También significa dejar de destruirnos entre nosotros.
Estamos aceptando que formamos parte del entramado universal y que la pretensión egocéntrica de dominar la naturaleza es solo una ilusión sin sentido.
La decisión de vivir en comunión con el planeta que nos da la vida es muy básica y no se debe solo a una cuestión espiritual. La humanidad entera está despertando a una nueva conciencia, un estado del ser que presenta una raíz biológica e instintiva. En el fondo, es una medida de supervivencia que evitará la extinción de nuestra especie, y buena prueba de ello es el movimiento medioambiental que está barriendo la Tierra como un tsunami y que crece de forma exponencial e imparable.
Sin embargo, aun a pesar de que ya lo hemos decidido, todavía encontramos muchas resistencias. Para disolverlas y entrar en la madurez del corazón, estamos modificando la forma tradicional que tenemos de ver la realidad y de actuar sobre ella. Este es un proceso gradual que tiene su propio ritmo interno.
Cada persona necesita su tiempo y su nivel de experiencia. No obstante, los cambios también los estamos experimentando a nivel colectivo. A medida que más individuos se hacen conscientes de sí mismos, los grupos y las comunidades se retroalimentan y se transforman más rápido.
En términos generales yo diría que lo estamos haciendo muy bien. Llevamos mucho tiempo bajo el yugo de un paradigma que se basa en el miedo, la dependencia y la dominación. Tenemos tantas ganas de liberarnos de esta vieja carga que a veces sentimos que las cosas no cambian o que lo hacen a una velocidad muy lenta. En ocasiones, lo que vemos ahí afuera o lo que experimentamos a nivel personal nos conduce a pensar que estamos retrocediendo. Pero es solo una ilusión. Nadie puede detener la evolución y mucho menos si quien ha decidido cambiar es la propia Tierra.
De modo que seamos pacientes y vivamos este proceso con cierta perspectiva y objetividad. De esta forma, podremos hacer la transición de forma pacífica y será más sencillo crear una nueva civilización basada en el amor y en la sabiduría.





