Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor, pero el amor nos da miedo. Proverbio anónimo
Cuando Ángela, de siete años de edad, llegó a su casa, no sabía lo que le esperaba. Se encontró con su padre sentado en el sofá del salón. Debería estar trabajando, pero estaba allí, con una cerveza en la mano y cara de pocos amigos.
La niña había recibido las notas del primer trimestre, así que corrió rápidamente para darle la buena nueva: eran excelentes.
Sin embargo, cuando llegó hasta él, este se volvió y la miró de forma inquisitiva. La niña retrocedió y se cayó al suelo, muy asustada. Entonces, su padre comenzó a insultarla.
—Eres lo peor que me ha pasado nunca —le dijo—. ¿Cómo voy a manteneros ahora a ti y a tu madre?
Ángela no acertaba a comprender que su padre se había quedado sin trabajo y que por eso se comportaba de forma violenta. Permaneció callada, sin atreverse a mover ni un solo músculo.
A los pocos minutos volvió a mirarlo con ojos de asombro y esbozó una tímida sonrisa. Cuando su padre, avergonzado, bajó la cabeza, ella se acercó y, rodeándole el cuello con sus bracitos, le dijo:
—Te quiero mucho, papi.
Cuando un niño al que hemos reprendido de manera abusiva nos vuelve a mirar con inocencia, nos está enseñando algo que con frecuencia olvidamos: a ser compasivos.
Volver a mirar desde el corazón no es siempre tarea fácil, especialmente si el otro se ha comportado de manera violenta o si ha tocado alguna de nuestras heridas más íntimas.
Los niños lo hacen de manera espontánea. No les supone trabajo compartir el amor que llevan dentro y perdonan rápido.
A los adultos, en cambio, nos cuesta «remirar» para formular un nuevo contrato en la relación. Nos cargamos de razones y aparentamos ser compasivos, pero, a la hora de la verdad, ponemos condiciones y exigimos cambios.





