«El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado» (Mahatma Gandhi).
Cuando el alma entra en el cuerpo y llega a la vida terrenal, vivimos un proceso equivalente al de la muerte física. Por un lado, renacemos en un plano que es más denso y, por otro, abandonamos la realidad inmaterial en la que nos encontramos. En cierto sentido, lo que experimentamos es una muerte espiritual.
Sea como fuere, el alma no se encarna en su totalidad. Si lo hiciera, no soportaríamos la altísima vibración de amor que porta y nos desintegraríamos. Se estima que en el cuerpo solo habita el 33 %. El resto permanece repartido en las distintas dimensiones de la realidad y en conjunto forma nuestro ser multidimensional.
La parte del alma que está en contacto con el espíritu (la chispa divina del alma o el ser superior) representa nuestra esencia. En este nivel, todos estamos unidos a través del amor.
Una vez encarnados, el ego permanece conectado al ser superior y al resto del alma a través de un cordón etérico. Este anclaje lo fijan unos guías espirituales justo en el momento del nacimiento y se mantiene hasta el momento de la muerte. Gracias a él podemos viajar a través de la dimensión astral sin perder la conexión con el cuerpo (por ejemplo, mientras dormimos o si realizamos un sueño lúcido).
Se conoce con el nombre de cordón de plata. Los clarividentes lo describen como un hilo muy elástico que sale de la cabeza y el plexo solar. Está compuesto por todos los colores del espectro y, al vibrar en una frecuencia muy alta, adquiere un color plateado. Muchas personas que han tenido una ECM afirman haberlo visto. Por su parte, en la Biblia se menciona su existencia y cómo se rompe en el momento de la muerte:
Antes de que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo, y el polvo se torne a la tierra, como era antes, y el espíritu se vuelva a Dios que lo dio.
A la hora de volver a la Tierra, el alma tiene más o menos libertad para diseñar su próxima encarnación. Todo depende de su madurez y de lo cerca que esté del plano de la esencia. Si la encarnación es consciente, diseña junto a sus guías las condiciones más favorables para su próximo viaje (ya sea en la Tierra o en otro lugar del universo).
En caso contrario, aquellas partes de sí misma que aún permanecen experimentando en la dualidad son arrastradas hacia su nuevo destino y viven el proceso como si fuera un sueño.





