Después de nacer perdemos la protección que nos ofrece la placenta etérica y nos enfrentamos directamente a la influencia de las energías terrestres.
Este momento resulta especialmente intenso y hasta cierto punto traumático. Sentimos frío, nuestro cuerpo se contrae, tenemos que comenzar a respirar… Nada más nacer somos cubiertos por el velo del olvido y perdemos la conciencia del lugar del que procedemos. Por este motivo, en cuanto salimos del vientre, lo que más nos ayuda es el calor físico de nuestra madre. Necesitamos seguir escuchando los latidos de su corazón y oír su voz cálida y amorosa.
El aura del bebé es muy frágil y necesita del soporte energético que le proporciona su madre. En este sentido, los procedimientos obstétricos que se practican en Occidente (pesado, tallado, aspiración nasal o estomacal, identificado, etc.) o en otras culturas (ahumar al niño, hacerle los agujeros de las orejas, masajearlo…) crean mucho estrés al recién nacido. Solo se deben realizar cuando son indispensables y responder siempre a las necesidades particulares de cada niño.
La hora siguiente al nacimiento es crítica, por lo que el bebé debe permanecer en los brazos de su madre. Esto es debido a que ambos segregan una serie de hormonas (oxitocina, endorfinas, prolactina…) que los vinculan afectivamente y que, según se cree, establecen una impronta, como una marca, que determinará su relación futura.
Además, el niño necesita sentirse protegido, pues tiene que poner en marcha sus pulmones y activar el instinto de alimentación que está inscrito en nuestra memoria filogenética. De esta forma puede encontrar el pezón de su madre y mamar el calostro (la primera leche materna), que es básico para el desarrollo de una buena flora intestinal y un sistema inmunitario fuerte.
El cordón umbilical no se debe cortar de forma inmediata, pues la sangre de la placenta sigue siendo su principal fuente de alimentación (en especial de glucosa). El bebé necesita aprender a recibir el alimento de forma discontinua, a regular su temperatura corporal y a adaptarse a la gravedad.
Esta serie de acontecimientos causan en el alma una fuerte impresión. Por consiguiente, el parto debe producirse en una atmósfera amorosa y protectora.
Dar a luz es un acto sagrado con profundas implicaciones espirituales.





