A lo largo de todo el proceso de encarnación que precede al nacimiento, vamos y venimos del plano astral al físico y entramos en conexión cada vez más íntima con nuestra madre.
Desde la dimensión astral vamos recibiendo instrucciones de nuestros guías para que la encarnación sea equilibrada. En ocasiones tenemos prisa por abandonar nuestra morada intrauterina y nacer a la realidad física. Esto puede provocar un parto prematuro. En este caso, los guías nos advierten de nuestra impaciencia y de los riesgos de debilitar el cuerpo que vamos a utilizar para estar en este mundo.
El alma que se mueve hacia el embrión busca siempre la protección que le proporciona el amor de la que será su madre física. Este amor es el mejor exponente de la realidad que está abandonando y, por ello, lo necesita para sentirse segura.
Cuando la madre se abandona al misterio de la creación y comprende que lo que trae al mundo es una chispa de luz sagrada, el alma se llena de júbilo. Entonces se establece una comunicación sagrada entre ambos seres.
Casi todas las mujeres, en algún momento de la gestación, experimentan esta comunión íntima con sus bebes. Sin embargo, el alma también puede sentir un rechazo profundo, sobre todo cuando la madre está desconectada de su realidad espiritual o repudia el embarazo que está teniendo.
Al igual que en la muerte, nuestra llegada al plano físico debe ser lo más consciente posible. No obstante, algunas veces caemos en periodos de somnolencia profundos que nos protegen del dolor que supone un cambio de plano tan acusado y brusco.
Entrar en el aura de la Tierra es un proceso doloroso para el alma. Las energías densas y pesadas que forman nuestro sistema colectivo de creencias la impregnan de temor y violencia.
Además, a medida que nos encarnamos, se activa un proceso de remembranza en relación con nuestras vidas anteriores. En él aparecen los traumas vividos y los conflictos emocionales que hemos venido a resolver. Se hace patente el dolor infligido a otros seres y a nosotros mismos, los pactos que hemos establecido con otras almas y también retazos de lo que será nuestra misión de vida.
El grado de conciencia en relación con el proceso depende de la madurez del alma.
Para integrar tantos datos necesitamos coraje y una fuerte determinación y, sobre todo, sentir que nuestros padres piensan en nosotros y nos hablan con un amor profundo y sincero.
Si vas a tener un bebé, es muy positivo que le hables todos los días durante al menos veinte minutos. Hazlo como si fuera un ser adulto, alguien que trae una misión de vida y que está lleno de valor y audacia. De esta forma, su aura y la tuya entrarán en sincronía, «bailaréis la misma danza» y el embrión se desarrollará de forma más saludable. Este diálogo es también muy importante para el padre.





