Este proceso creativo en el que infinitos seres dotados de conciencia participamos en la evolución del universo presenta una particularidad: todas y cada una de nuestras creaciones alberga la conciencia amorosa de la que procedemos.
Dicho de otra forma, están conectadas a la unidad y tienen el diseño original en su interior. Por ello, contamos con la posibilidad de restaurar cualquier aspecto de nosotros mismos que no se ajuste a las leyes universales.
Esto significa que en cada una de tus células está inserto el código cifrado (para la ciencia es el ADN) de tu verdadero ser, es decir, el germen y la llave de toda la creación. Para restablecer el equilibrio interno, solo tienes que acceder a él, abrir la puerta y permitir que el amor te nutra y te regenere.
Este principio es el que justifica que nuestras creencias erróneas se aclaren de manera repentina (cuando, por ejemplo, caemos en la cuenta de algo que permanecía velado a la conciencia) o que una enfermedad remita espontáneamente. También explica los milagros que hizo Jesús de Nazaret hace dos mil años. Jesús fue la encarnación de un ser muy evolucionado. Carecía de karma, de modo que podía conectar a las personas con su esencia sin interferir en el proceso. A partir de ahí, estas restituían la geometría original de la que estamos hechos y se sanaban.
¿Cómo realizan estos seres dotados de conciencia su labor creativa? Para responder a esta pregunta tenemos que imaginarlos actuando sobre las figuras geométricas que forman la base de la realidad. A partir de aquí, el medio ambiente y la naturaleza del organismo harían el resto. Las dos herramientas que sirven al propósito de la creación son la luz y el sonido. Ambas representan el origen de todo lo que existe.
La luz, cuando se densifica, crea la materia, y el sonido, al vibrar en una frecuencia alta, la transforma. Si colocas arena seca en una placa metálica e induces un sonido, los granos de arena comienzan a moverse y terminan adoptando formas geométricas. Esta influencia es bien conocida por los fabricantes de instrumentos musicales de alta gama. Ellos estudian la calidad de sus productos en función de estas pautas sonoras.
También se sabe que el sonido repercute de forma directa en la salud física. El médico y divulgador científico español Mario Alonso Puig afirma que las vibraciones sonoras que emitimos a partir de nuestros estados emocionales influyen en el rendimiento de las funciones orgánicas. Si estas son altas, el metabolismo de las células es más eficiente.
Además se ha demostrado que afectan al funcionamiento del ADN. Cuando una persona vibra en una frecuencia amorosa, los códigos genéticos de la salud se activan. Cuando lo hace desde el miedo, sucede lo contrario: se contraen e inutilizan.





