En octubre del 2004, en la ciudad norteamericana de Dover, un grupo de maestros fue obligado a leer una polémica declaración ante sus alumnos. En dicho testimonio se sugería que la Teoría de la Evolución de Darwin tenía una alternativa: el Diseño Inteligente.

A juicio de sus partidarios, muchas de las características de los seres vivos eran tan complejas que no podían ser explicadas por la Teoría de la Selección Natural que propuso Darwin en 1859. En su lugar pedían que, de forma paralela, se enseñara a los alumnos la idea de que la vida podía haber sido creada por un ser superior.

La mayor parte de los científicos del país y muchas otras personas se indignaron, pues consideraron que el Diseño Inteligente era una estrategia del movimiento creacionista, que pretendía infiltrar ideas religiosas en las clases de ciencias.

La polémica fue tan sonada que se tuvo que celebrar un juicio. Al cabo de seis semanas, el 20 de diciembre del 2005, el juez emitió un veredicto. Se decidió que el Diseño Inteligente no era una disciplina científica y que era inconstitucional enseñarlo en las escuelas. El argumento principal aludía a la presencia de motivos religiosos encubiertos.
 
Esta pequeña historia nos ayuda a comprender la lucha que vienen sosteniendo la ciencia y la religión para apropiarse de la verdad y poder así ejercer su hegemonía. Es una pugna propia del viejo paradigma basado en la separación, el miedo, la dependencia y la dominación. Es muy antigua, pero en estos momentos carece de sentido.

Realmente no existe una gran diferencia entre un creacionista, que niega la Teoría de la Evolución para justificar la existencia de Dios, y un evolucionista que se aferra a ella para intentar justificar la inexistencia de Dios.

En ambos casos, la explicación procede de un ego tenso aferrado a un dogma y poco dispuesto a experimentar más allá de los límites predecibles que él mismo fabrica.

Cuando la mente racional se aferra a su propia lógica, termina perdiendo el rumbo de sus razonamientos. Empieza a dar vueltas alrededor de sí misma, como si estuviera borracha, y lo habitual es que se desmarque y se aferre a cualquier doctrina. En este sentido, creo que es saludable admitir que todos somos un poco fanáticos.

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Javier Revuelta

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