El amor es la conciencia pura que discurre por la realidad multidimensional. Es como si estuviera viajando por una escala cósmica de sonido, desde las notas agudas a las graves. A medida que nos acercamos al origen, la energía vibra en frecuencias más altas pero, al llegar a la dimensión física, se condensa y reduce su vibración. De esta forma crea la materia y los seres vivos.

Cuando esta conciencia original accede a una nueva dimensión de realidad, interactúa con la energía y crea distintos seres que, tomando un aspecto de la esencia, pasan a formar parte del proceso de la creación universal. Así, el amor (Dios) se expresa de infinitas formas y es recreado continuamente.

En este programa ya no hay un creador único que lo hace todo desde cero sino un diseño primario a partir del cual múltiples seres dotados de conciencia manipulan la energía y conciben nuevas realidades.

De acuerdo con esta explicación, todo lo que existe en el universo tiene una forma de conciencia. Desde un diminuto átomo hasta un gigantesco clúster de galaxias. Como dice el gran poeta y yogui tibetano Jetsun Milarepa: «Las creaciones del espíritu son más numerosas que las motas de polvo que iluminan los rayos del sol».

La existencia de seres inmateriales dotados de conciencia que forman parte del proceso de creación universal no está presente en la ciencia, pero sí forma parte de la mitología.

Tenemos los duendes, las hadas, los genios, los elementales, los elfos, las sirenas, los dragones… En el panteón griego están los titanes, los cíclopes, los dioses, los seres del inframundo… En la tradición cristiana se mencionan unas entidades que asisten a Dios ocupando para ello diferentes niveles de realidad (o reinos). Son los serafines, los querubines, los tronos, las potestades, los arcángeles, los ángeles… También están los que se desconectaron de Dios y se olvidaron del propósito (ángeles caídos, demonios…).

En la religión hinduista se habla de tres dioses principales (Shiva, Brahma y Vishnú) que estarían más cerca del principio único. Por su parte, los budistas hablan de los Cuatro Reinos sin Forma. En ellos residen las deidades que son los seres responsables de crear los reinos de la forma y la materia.

Estos seres forman parte de una cultura milenaria y son el producto de un proceso evolutivo que presenta un origen común: el encuentro individual o colectivo con lo transcendente. Todos los símbolos, los mitos y los rituales religiosos proceden de estas manifestaciones, que reciben el nombre de hierofanías y teofanías. En definitiva, nos están revelando las experiencias sagradas que vivieron nuestros ancestros y, quizás por ello, deberíamos verlos como algo más que simples personajes de fantasía.

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Javier Revuelta

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