La madurez del hombre consiste en volver a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño. Friedrich Nietzsche
Los seres humanos anhelamos ser felices. Este propósito es irrenunciable y universal y está revelando que nuestra naturaleza básica es el amor. Nadie se levanta por la mañana deseando sufrir un poco más que el día anterior.
Todos queremos disfrutar de buena salud, tener nuestras necesidades básicas cubiertas, ser aceptados y queridos por los demás y realizarnos personalmente. Esto puede parecer una obviedad. Sin embargo, la mayoría de las personas sentimos que nuestra vida no está completa, como si nos faltara algo (dinero, sexo, tiempo, libertad, seguridad…) e intentamos llenar este vacío haciendo cosas. ¿Eres tú una de ellas?
Cuando te armas de valor y te quitas las máscaras que utilizas para aparentar que todo te va bien (o mal), lo que encuentras es un miedo irracional a la vida, que tiene dos expresiones fundamentales. Por un lado, temes abrir la caja de Pandora y liberar los males que te afligen (tristeza, desconfianza, ira, odio, insatisfacción…). Por otro, la idea de vivir de acuerdo con los anhelos del alma y mostrarle al mundo tu verdadero poder te asusta tanto que ni siquiera lo contemplas como una opción.
El monje budista de origen francés Matthieu Ricard afirma que la felicidad y el placer son cosas distintas. La primera es un estado de plenitud que subyace a cada instante de la existencia. Por tanto, es independiente de las vicisitudes de la vida. Es algo que adquirimos a partir de la experiencia.
El placer, en cambio, es efímero y nos viene dado por algo externo: un baño caliente, una buena entrada de dinero, una comida suculenta… Además puede desembocar fácilmente en egoísmo y entrar en conflicto con el bienestar de los demás. Un proverbio hindú dice: «El placer es solo la sombra de la felicidad».
Si admitimos que, a diferencia del placer, la felicidad es un estado del ser permanente, advertiremos que solo la podemos experimentar a partir de una cualidad interior. Este atributo es la esencia amorosa que forma nuestra naturaleza básica. Si somos amor y si este es el ingrediente principal de la felicidad, esta no necesita ser buscada. Para experimentarla, lo único que tenemos que hacer es eliminar los obstáculos que nos están impidiendo conectar con ella.
La seguridad que nos proporciona el mundo material es necesaria para que el ego, el alma y el espíritu dialoguen. Si la supervivencia no está garantizada, el ego tendrá más dificultades para escuchar los mensajes del alma. Se centrará en sobrevivir y no le dará tanta importancia al sentido de la vida. Por otra parte, experimentar en la materia y gozar de los placeres que nos ofrece la vida forma parte del viaje que hemos emprendido al encarnarnos en un cuerpo físico. En cierto sentido, venir a la Tierra y no disfrutar de todo ello resulta incoherente.





