En mis talleres suelo pedir a las personas que dibujen sus máscaras y hablen desde ellas. Luego les invito a que se las quiten y expresen lo que son.
Con la máscara puesta, suelen decir cosas como: «no necesito a nadie», «todo en mí es perfecto», «siempre tengo razón», «soy la alegría de la fiesta», «jamás me rindo», «soy el mejor» «siempre estoy a disposición de todo el mundo», etc.
En cambio, cuando se la quitan y expresan lo que sienten en ese momento, lo que aparece es un ser vulnerable, alguien que sí necesita de la ayuda de los demás, que está cansado de aparentar que todo es perfecto, de discutir y controlar su entorno, que desea ser aceptado o querido, que se equivoca muchas veces…
Todo el mundo coincide en que se siente aliviado.
Es natural, pues dejan de actuar bajo presión.
Prescindir del sistema de defensa que usamos habitualmente para sobrevivir (en un mundo que consideramos competitivo y hostil) es algo así como llegar a casa del campo de batalla y quitarnos la armadura que llevamos puesta. Todo un descanso.
Si deseas renunciar a tus antifaces, tienes que conectar con tu esencia y examinar tus aspiraciones más genuinas.
Cuando te dejes tocar por el amor, tu desasosiego se hará visible. Si eres meticuloso y honesto, podrás liberar tus conflictos emocionales y desmontarás el sistema de creencias que los está justificando y reforzando.
Esta tarea no resulta fácil de hacer, pero tampoco es algo inalcanzable ni tremendamente complicado. Solo tienes que actuar con honestidad y asumir la firme determinación de ser feliz.
Al quitarnos las máscaras conectamos con nuestra esencia, reconocemos nuestra vulnerabilidad, nos liberamos de la tensión crónica en la que vivimos y nos sentimos aliviados.





