El ejercicio del autoperdón se debe practicar cuando la reacción desproporcionada y destructiva (RDD) ya ha desaparecido.
Para perdonarte necesitas reflexionar sobre lo que ha sucedido, es decir, cómo has reaccionado y cuáles han sido las consecuencias de tus actos. Quizá hayas perjudicado a alguna persona, a un animal, a una planta, a la naturaleza o a ti mismo.
Lo más útil es reconocer tu malestar (o el sentimiento de culpa) y afirmar lo siguiente: «El error forma parte del juego de la vida, por tanto yo me perdono».
Para que sea eficaz, es preciso que lo hagas desde el corazón. Repetirlo mentalmente resulta sencillo, pero contemplar la rabia interna que nos acompaña y ser verdaderamente indulgentes con nosotros mismos no es una tarea fácil. Sobre todo, porque no solemos sentirnos con ese derecho.
Una vez hecho esto, la carga emocional negativa se libera y te sientes aliviado. La palabra alivio procede del latín alliviare y significa ‘aligerar, quitar peso’. Es importante que sientas esta liberación, pues indica que el dolor se ha disuelto total o parcialmente.
A partir de aquí, ya no deberías sentirte culpable, es decir, `digno de ser reprochado´ (del latín culpabilis) y puedes examinar el comportamiento que deseas modificar y diseñar una alternativa que sea asequible para ti. Esto equivale a arrepentirte sinceramente.
Después de retractarte puedes, si fuera el caso, pedir disculpas a las personas o a los seres a los que hayas podido lastimar. Si no te perdonan, no debes preocuparte (ese problema no es tuyo) y, si no te entienden (si por ejemplo le pides perdón a una planta o a un animal), tampoco. Lo que cuenta es el movimiento energético que afrontas al nivel del alma y la reeducación sincera que pones en marcha desde el ego.
La capacidad de perdonarnos, como cualquier otra virtud personal, debe cultivarse con la mente. Eso implica generar el deseo de hacerlo y practicar de manera paulatina.
Primero nos tenemos que preguntar: ¿soy capaz de perdonarme? y encontrar situaciones que lo confirmen.
Después debemos pensar en los beneficios del autoperdón y regocijarnos con ellos.
Es muy importante que nos aseguremos de su utilidad, pues de ese modo no nos costará trabajo encontrar en la vida real situaciones para practicarlo. Los beneficios de esta habilidad son muy evidentes.
Las emociones que hemos reprimido y que han provocado la RDD se hacen más visibles y, por tanto, resulta más sencillo poner en marcha conductas alternativas que aumenten nuestro sentido de responsabilidad personal. Además, al desaparecer la emoción de la culpa, nos sentimos aliviados, ligeros y alegres. Esto disminuye la tensión crónica que arrastramos y mejora de manera notable nuestra salud física.





