La mecánica que nos lleva de estar bien a ser movilizados por una emoción perturbadora es una oportunidad de gran valor. Es un momento único para incrementar nuestros niveles de conciencia, mejorar la salud emocional y hacernos responsables de nuestro desarrollo personal.
Cuando un estímulo incide sobre una herida, el conflicto emocional que permanece dormido en el inconsciente se despierta y, para evitar sentir el dolor que emerge a la conciencia, nos protegemos.
Por un lado, tensamos el cuerpo, y por otro, la mente retiene la emoción dolorosa y la reprime. De esta forma, el dolor queda sujeto y parcialmente controlado.
Esto funciona durante un tiempo pero, llegado un momento, la presión es tan grande que la emoción termina por liberarse y sale disparada (como si fuera el tapón de una botella de champán).
Si se mueve hacia afuera, lo que hacemos es proyectar nuestro malestar y culpabilizar a los demás o a las circunstancias de lo que nos sucede. En caso contrario, la emoción se vuelca hacia adentro y el desenlace es la desvalorización propia y la autocrítica destructiva. En ambas situaciones, la reacción es desproporcionada y destructiva (RDD).
La primera característica de una RDD es que siempre se dispara ante el mismo estímulo. Por ejemplo, cuando nos dan una orden, no contestan a nuestros mensajes, nos llevan la contraria, etc.
La segunda es que es exagerada. En todas ellas, el motor que nos moviliza hacia la acción es una emoción sobre la que no podemos razonar. Es como si fuera un estallido de incomprensión. Al estar secuestrados por la emoción, la posibilidad de ofrecer una respuesta creativa y saludable desaparece.
La ciencia ha demostrado que, cuando las emociones perturbadoras toman el control sobre la conducta, las zonas del cerebro que se encargan de razonar se bloquean. En definitiva, dejamos de pensar y utilizamos la razón para justificar nuestros comportamientos anómalos.
Cada persona manifiesta sus RDD de forma única. Sin embargo, normalmente giran en torno a cinco sistemas de defensa: la huida (evito o rechazo el problema), la insatisfacción (me quejo), el control sobre el entorno (trato de imponerme), el encierro en uno mismo (me muestro sumiso) y la soberbia (niego tener un conflicto). Cada uno de ellos se corresponde con una estructura de carácter.
Es importante comprender que todo el mundo tiene heridas que sanar y que nadie puede escapar a esta dinámica. Para evitar que las RDD te dominen, necesitas detectarlas y entrenar el recurso del observador. De esta forma, serás capaz de localizar la emoción en el momento mismo en que surja y podrás gestionarla con más garantías.
Cuando el estímulo que ha desencadenado nuestra reacción se extingue, el comportamiento anómalo y destructivo comienza a debilitarse y es sustituido por un sentimiento de aflicción que termina generando otro de culpa.





