La segunda modalidad de convivencia con el ser destructivo consiste en vivir desde él.
En este caso, la energía negativa que acumula la máscara sale disparada sin control.
El resultado es que nos mostramos violentos, implacables, caprichosos, impacientes, resentidos, feroces, insensibles… y disfrutamos volcando nuestra negatividad sobre los demás.
Aquí la máscara es aniquilada y la imagen idealizada que hemos construido de nosotros mismos se desvanece. Entonces nos desahogamos (o nos despachamos a gusto) y extraemos placer del dolor ajeno.
Estas situaciones son potencialmente muy dañinas y pueden crear mucho sufrimiento en otros seres.
En el ejemplo del niño y el helado, lo que harías sería proyectar sobre él toda tu cólera y maltratarlo. Quizás le cojas del brazo con fuerza, le des un cachete, le subas al coche de forma violenta y le amenaces. Acto seguido, seguirías ocupándote de tus asuntos y no tendrías ni remordimientos ni sentimientos de culpa.
Cuando nos dejamos llevar por el ser destructivo, la conducta que desplegamos presenta una base de crueldad y se torna mordaz y lacerante.
Todos caemos en sus garras de vez en cuando, pero lo habitual es que la inmoralidad no se perpetúe. De hecho, cuando el conflicto finaliza solemos sentirnos culpables, nos arrepentimos e intentamos reeducarnos. En todo caso, siempre hay excepciones.
Algunas personas han decidido explorar a fondo la oscuridad más extrema y se han alineado con la maldad. En este caso, lo que sucede es que pierden completamente la conexión con su esencia amorosa y terminan enajenadas.





