La tasa de suicidio es un indicador del bienestar social y normalmente es un tema que los gobiernos y la sociedad silencian.
Cada suicidio afecta de forma traumática a una media de seis personas (entre familiares y amigos). A la pérdida del ser querido hay que añadir la impotencia, la rabia, la incomprensión y el sentimiento de culpa que gravitan a nivel inconsciente.
Todas las personas que han perdido a alguien por esta causa se preguntan dos cosas: ¿por qué lo hizo? y ¿pude hacer algo para evitarlo? La familia suele sentirse estigmatizada y lo habitual es que erija un muro de silencio en torno al suceso. Se calcula que al menos el 40 % de las personas que se ven directamente afectadas mienten o intentan ocultarlo.
Históricamente, el suicidio ha sido considerado como un delito o un pecado. En España, hasta 1983, la Iglesia católica no permitía que los suicidas fuesen enterrados en cementerios parroquiales. Por su parte, la clase política y los medios de comunicación lo silencian. Se escudan en la idea de que publicar estos datos puede incitar a otras personas a suicidarse.
Sin embargo, la realidad es distinta. La psiquiatra española Carmen Tejedor afirma que el efecto llamada no es real (o difícil de demostrar). Nadie se suicida porque otro lo haga, a no ser que padezca alguna patología. Es un mito, igual que aquel que afirma que, en los países con menos sol, los índices de suicidios aumentan.
La cuestión es que, si alguien se quita la vida, la imagen de un estado que vela por la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos se desmorona. Por tanto, en lugar de afrontar el problema con responsabilidad, se oculta por miedo.
Aunque sea un tema tabú, la mortalidad por suicidio se puede prevenir. En un estudio llevado a cabo en el Hospital de San Pablo, en Barcelona, se comprobó que en los casos reincidentes la tasa de suicidio se puede reducir un 20 %.
Entre los sistemas usados hay dos que destacan sobre el resto: la restricción de medios y la asistencia personal o acompañamiento. Se ha demostrado que, si la persona encuentra dificultades para quitarse la vida, suele desistir de intentarlo de nuevo. Por ejemplo, si descubre una barrera arquitectónica en un lugar de riesgo, no puede comprar un arma o tiene limitado el acceso a pesticidas (uno de los medios que más se utiliza).
Se recomienda hablar sobre el suicidio, formar bien al personal sanitario y, sobre todo, que la gente sepa que es tenida en cuenta y que puede recibir ayuda. En una investigación realizada en EEUU, se eligió un grupo de pacientes con tendencias suicidas y se les envió durante años una serie de cartas afectuosas. En las misivas se les preguntaba por su estado de salud y anímico y se les recordaba que podían contar con ayuda si la necesitaban. Este grupo de pacientes registró un índice de suicidios menor que el de aquellos que no las habían recibido.





