En el año 1976, la dirección del acuario Delfini de Riccione, en Italia, decidió separar a dos delfines. Cuando el macho Speedy fue apartado de la hembra Mary, sucedió algo realmente trágico. Durante varios días Mary estuvo gritando, dando saltos en el agua y llamando desespera- damente a su compañero. Cuando finalmente se dio cuenta de que su amado había desaparecido, tomó carrerilla y, nadando a toda velocidad, se estrelló contra el borde de la piscina. Repitió el mismo movimiento hasta que finalmente se rompió el cuello y se hundió en el fondo.

El suicidio es seguramente una de las formas más trágicas de morir. Tal y como relata el zoólogo alemán Vitus B. Dröscher, no es un comporta- miento exclusivo del ser humano. El filósofo polaco Arthur Schopen- hauer cree que suicidarse es un acto de enorme voluntad. De acuerdo con sus palabras:

El suicida quiere la vida y solo se halla descontento de las condi- ciones en las cuales se encuentra. Por eso, al destruir el fenómeno individual, no renuncia en modo alguno a la voluntad de vivir, sino tan solo a la vida.

Sin lugar a dudas, la persona que se suicida requiere de una enorme voluntad.

De acuerdo con el psicólogo norteamericano Tomas Joiner, el suicidio es una conducta muy complicada, pues va en contra del instinto de supervivencia propio de nuestra condición animal. En su opinión, no es nada fácil quitarse la vida. Aquellos que lo hacen, normalmente le han dado muchas vueltas a la idea (a veces durante años). También es frecuente que hayan hecho tentativas. Estas les proporcionan una cierta experiencia sobre el dolor asociado a la muerte y el método a utilizar. Al parecer, la mezcla entre una personalidad temeraria y el deseo de morir es lo que permite que los suicidios mortales se consumen.

Lo que no parece estar tan claro es que el suicidio sea un acto de libertad. De hecho, suele ser una decisión desesperada que está cargada de tristeza y e ira. Muy pocas personas se quitan la vida con plena conciencia de lo que hacen.

Entre los jóvenes, las causas más frecuentes son el abuso de drogas, los trastornos psiquiátricos y la sensación de estar viviendo, una situación vital en la que se sienten víctimas y sin escapatoria.

Entre los adultos hay dos factores: los problemas económicos y los de relación afectiva con sus parejas (este último supone el sesenta por ciento de los casos). Finalmente, entre la gente mayor de sesenta y cinco años, los motivos son la soledad, la sensación de no ser útiles a los demás y las enfermedades crónicas que cursan con dolor.

Anualmente, se intentan suicidar alrededor de veinte millones de personas en el mundo. De ellos, solo un millón alcanza su objetivo. El suicidio es un problema de salud pública muy grave. De hecho, el número de fallecidos por esta causa es mayor que el de todos los muertos en conflictos armados e igual al de los que lo han hecho en accidentes de tráfico. Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchas muertes que son declaradas accidentales son en realidad actos suicidas voluntarios.

Un dato que debería de hacernos reflexionar es que el 70 % de las personas que se quitan la vida son ancianos. Asimismo, entre los jóvenes de entre quince y veintinueve años es ya la segunda causa de muerte y las cifras están aumentando desde hace varias décadas.

Históricamente, las mujeres son más propensas a intentarlo que los hombres, pero menos eficaces a la hora de consumar sus tentativas. En cualquier caso, todo parece indicar que en la actualidad esta proporción se está igualando.

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Javier Revuelta

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