Al igual que en la dimensión física, la vida en el astral es una gran remembranza.

El alma es multidimensional y su propósito es volver a la unidad de la que procede. Sin embargo, no lo hace con la pretensión de perderse en ella (este anhelo es solo el reflejo de un conflicto de abandono que no se ha resuelto). Lo que busca es reconocerse en la unidad (unirse a Dios), pero sin perder la conciencia de su individualidad. En este proceso de reunificación, aporta sus experiencias a la totalidad y, al mismo tiempo, recoge las de otras almas.

Así, la creación se retroalimenta de forma continua.

Llegar a este estado de gracia divina no es algo que suceda de forma inmediata. Dentro del ciclo de encarnaciones sucesivas en el que estamos inmersos, hay estados intermedios, por así decirlo.

Después de la muerte física, el viaje hacia la integración (de luz y oscuridad) se mantiene y el intento por comprender el misterio del amor continúa.

¿De qué forma? Los aspectos de la personalidad que se han quedado sin resolver mientras vivíamos en la Tierra permanecen con nosotros. Quizás sigamos abrigando orgullo, ira, insatisfacción, desconfianza, miedo, odio…

En contra de lo que muchas personas creen, el hecho de morir no implica que nuestros problemas desaparezcan. Aunque las experiencias que vivimos en el astral no presentan un contraste tan acusado como las del plano físico, seguimos creciendo y evolucionando.

Cuando alguien fallece, su alma puede seguir apegada al cuerpo, a los objetos materiales que poseía en vida, al poder, a sus familiares… La pretensión de que las cosas externas a ella misma la completen o la hagan feliz es el principal obstáculo en su evolución.

Para poder gestionar este proceso necesitamos de un buen anclaje de luz. Este asidero es nuestra esencia, es decir, la parte del alma que está en relación con el espíritu (la chispa divina del alma). La cuestión sobre la que tenemos que reflexionar es la siguiente: si el dolor que arrastramos después de la muerte es muy intenso, puede impedirnos reconocer nuestra esencia.

Entonces el anclaje de luz no se fija a la conciencia y la evolución se torna desfavorable. Es una situación parecida a la que acontece en la Tierra cuando alguien se comporta de forma desordenada o errática. Decimos que la persona ha perdido el norte porque no funciona dentro de límites claros y no posee una referencia o una guía que le ayuden en su camino.

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Javier Revuelta

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