Cuando somos niños, irradiamos amor y nos sentimos con el derecho a ser amados. En cambio, a medida que crecemos, la conexión con nuestra esencia amorosa se va perdiendo.
A partir de los siete años comenzamos a sustituir el amor por la aprobación. Dejamos de expresarnos con espontaneidad y tratamos de portarnos bien. De esta forma, nos aseguramos de ser aceptados por nuestros padres.
Al sustituir la naturalidad por la normalidad de la máscara, pasamos de recibir amor a «comprarlo».
Al llegar a la madurez creemos que el amor procede de otros seres (personas o dioses) y eso nos conduce a hacer méritos para obtenerlo. El resultado es que nos hacemos dependientes de los demás o de los sistemas doctrinarios que nos prometen el mismo amor del que nos han «despojado».
En mayor o menor medida, todo el mundo vive cautivo de esta mordiente dinámica. Sin embargo, en lo más profundo de nuestro ser seguimos notando una pulsión de fuerza que anhela recuperar el candor, la sencillez y la inocencia de la infancia. En el fondo, deseamos expresarnos en el mundo tal y como sentimos que somos.
Cuando perdemos la conciencia de que somos amor y la energía no fluye con naturalidad, sustituimos la experiencia de amar por el regateo afectivo.
Existen dos conductas típicas en las que este reemplazo es muy evidente. La primera consiste en intentar que otra persona nos salve de nuestro dolor (o viceversa). Cuando no somos capaces de gestionar nuestro malestar personal, nos identificamos con él. Esto equivale a sufrir.





