El segundo comportamiento en el que la capacidad de amar es sustituida por el regateo afectivo surge cuando pretendemos que otra persona nos haga felices (o viceversa).

Las relaciones que mantenemos con los demás, además de reflejar nuestras zonas de sombra, también nos ayudan a reconocernos en nuestras virtudes personales (alegría, serenidad, fe, ilusión, perseverancia, bondad, confianza…). Son los brillos del alma que gravitan sobre el ego a la espera de ser manifestados en la realidad física.

Algunas de estas cualidades pueden destacar y desplegarse con más facilidad en presencia de una determinada persona. Eso nos puede conducir a desear estar junto a ella.

Si no somos capaces de reconocernos en esos brillos y los proyectamos sobre el otro, tenderemos a pensar que solo en su presencia podemos experimentarlos. En este caso, nos hacemos dependientes y posesivos.

Esta circunstancia es común en las relaciones que mantienen los padres con sus hijos pequeños, en el enamoramiento, en las relaciones laborales, de amistad, etc.

Uno de los escenarios que mejor refleja esta disfunción es el de la música romántica. Prácticamente todas las canciones que hablan de amor lo hacen en términos de «solo contigo soy feliz», «sin tu mirada ya no puedo ver», «tú llenas mi existir», «no puedo vivir sin ti», etc.

La dinámica que nos conduce a entregarle a un tercero la llave de nuestra felicidad (o a creer que tenemos el poder de hacer feliz al otro) tiene un alto precio: la pérdida de la libertad y el deseo de que nuestras relaciones sean exclusivas.

En este sentido, podemos hacernos algunas preguntas:

  • ¿Soy capaz de honrar y agradecer al otro por reflejarme mis virtudes personales?
  • ¿Puedo observar la dificultad que supone para mí incorporarlas a mi personalidad?
  • ¿Me atrevo a compartir con otras personas lo que estoy aprendiendo de mí mismo?
  • ¿Me alegro de que él o ella tengan éxito sin mí?

Existen dos comportamientos típicos en los que el amor es sustituido por el regateo afectivo: intentar salvar a los demás de su dolor (o viceversa) y pretender hacerles felices (o viceversa).

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Javier Revuelta

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