El sufrimiento nos transforma en víctimas y nos conduce a suponer que la salvación puede llegarnos desde fuera. El problema surge cuando alguien de nuestro entorno nos ve sufrir, opta por rescatarnos de nuestra desdicha y asume el rol de salvador.
A medida que el otro nos intenta liberar (poniendo su atención en el problema y no en la solución), perdemos autonomía y somos reforzados en el papel de víctimas. Al final, creamos un juego de poder en el que ambos nos hacemos mutuamente dependientes.
Para entender esta disfunción en la relación, es necesario aceptar que ni el salvador ni la víctima actúan por amor. Sus intenciones son positivas, pero el conflicto de fondo es que la víctima no desea (o no puede) hacerse responsable de su situación y el salvador no quiere (o no puede) ver su propio dolor reflejado en el otro.
Veamos un ejemplo.
Tu mujer es humillada por su jefa en el trabajo y llega a casa con un disgusto tremendo. Se sienta en el sofá y comienza a llorar desconsoladamente.
Tú te sientas a su lado, le coges la mano y le pides que deje de llorar. Pero ella sigue sollozando. En lugar de dejar que se desahogue, comienzas a ponerte nervioso.
—¡Dios mío! —exclamas—. ¿Por qué sucederán estas cosas?
Tu mujer se siente aún más desdichada por lo que acabas de decir. Se lamenta de su mala suerte y confirma su victimismo con un rotundo:
—No, si a mí siempre me pasa lo mismo.
Tú te vuelves hacia ella y lo que ves es una pobre víctima vapuleada por su malvada jefa. Para aliviar la situación, le propones ir al cine.
Después de la sesión ella está mejor, tú compras unos helados, la coges por la cintura y la proteges con cariño. Te sientes valioso por haberla salvado de su dolor, pero te pasas los días siguientes preocupado por su situación.
La llamas de continuo e incluso la vas a recoger al trabajo para evitar que se sienta sola. Tu frase favorita en esos días es: «¿Todo bien cariño?». Esperas que te diga que sí y, cuando no lo hace, vuelves a desvivirte para evitar que sufra.
Tu mujer se da cuenta de lo mucho que te preocupas por ella y al mismo tiempo está encantada de tener un esposo que la cuida como si fuera una niña. Cada vez que necesita atención o cariño, se queja de su situación en el trabajo. Un día es la jefa, otro un proveedor, un subordinado rebelde…
El problema es que tú estás esperando un resultado. Has hecho un gran esfuerzo por ayudarla y confías en que salga fortalecida del proceso. En cambio, lo que sucede es todo lo contrario. Se ha hecho dependiente de ti y cada día es más insegura.
Digamos que todo el sacrificio que has hecho tú por salvarla lo ha invertido ella en ser una víctima. En esta situación es posible que no dejes de protegerla, pero empezarás a acumular un leve resentimiento. Con el paso del tiempo, el malestar aumentará, tú te cansarás y ella se debilitará aún más. El día en que tu mujer se queje y tú no puedas hacerte cargo de su dolor, estallará el conflicto.





