Imagina la siguiente situación. Una madre que amamanta a su hijo interrumpe bruscamente la lactancia y lo deja en la cuna (quizás porque llaman a la puerta o se quema la cena).
El niño, al pasar de estar unido amorosamente a su madre a encontrarse solo y sin comida, puede sentirse abandonado, ansioso por la falta de alimento e insatisfecho.
En este caso, su cuerpo se tensará y lo que antes era un sentimiento de amor incondicional se convertirá ahora en una emoción perturbadora y en un llanto desconsolado. Sentirá cómo el dolor desgarra su alma y, para intentar explicar lo sucedido, creará un principio de realidad a nivel inconsciente.
Dirá algo así como: «Si la persona a la que más quiero en el mundo me abandona, amar equivale a ser abandonado».
A medida que el niño crezca, vivirá situaciones vinculadas a la escasez y al abandono. Por ejemplo, su madre tendrá otro bebé, lo dejarán en la guardería, no le ayudarán a hacer los deberes, sus amigos le rechazarán en sus juegos, su novia lo plantará…
Siempre que se encuentre en una situación de desamparo, tenderá a refugiarse para no tener que revivir el dolor de su herida original. Cada vez que alguien lo descuide, prescinda de él o no le proteja, sentirá un desgarro en el alma y reaccionará con la parte de su psique que está anclada en el pasado (el niño al que su madre dejó de dar el pecho). En suma, creará un drama.
Cuando sea adulto, creerá que el amor es algo superfluo, ilusorio o incluso falso y no se atreverá a vivirlo. No se sentirá con derecho a ser amado y en sus relaciones íntimas no se entregará por miedo al desamparo.
Por otro lado, como su sistema de creencias dice que amar equivale a ser abandonado, provocará situaciones que lo confirmen (se mostrará celoso, se quejará de continuo…).
Si finalmente se decide a entregarse al amor, el dolor que permanece en el inconsciente emergerá en oleadas para ser sanado. En este caso, si comprende lo que le sucede, podrá liberarlo. En caso contrario, lo rechazará y huirá de él de forma instintiva.





