El temor es endémico en nuestra sociedad y se revela en todos los ámbitos de la vida. Constantemente estamos experimentando el miedo al rechazo, al abandono, a la traición, a hacer el ridículo, a ser humillados, a perder la libertad, a ser heridos físicamente…
No obstante, la mayoría de las situaciones que lo provocan no implican un peligro real.
Entonces, ¿por qué es beneficioso experimentarlo?
Cuando el miedo no se corresponde con una causa externa, tenemos que mirar hacia adentro y preguntarnos de dónde procede. Al hacernos esta pregunta, conectamos con el dolor asociado al trauma que lo originó y activamos el mecanismo interno que nos permite liberarlo.
Por tanto, reconocer el miedo y sentirlo sirve para sanar nuestras heridas más recónditas.
Además, ante una situación conflictiva, ser conscientes de él nos permite crear un espacio en el que evaluar la intención que depositamos en nuestras acciones.
De esta forma, en lugar de reaccionar instintivamente elaboramos una respuesta creativa.
La intención es anterior a la actitud y tiene el poder de modificarla. Si la revisas regularmente y creas una actitud positiva, la probabilidad de que tus decisiones sean acertadas aumentará de manera formidable.
El miedo nos conduce hacia la reflexión y nos permite hacer las cosas con mayor prudencia.
Por tanto, es un antídoto contra la insensatez y la temeridad.
Cuando el miedo no viene provocado por un peligro real, tenemos que respirar con calma y traerlo a la conciencia.
De esta forma, activamos un proceso de sanación interna y abrimos un espacio de reflexión que nos permite revisar nuestras intenciones.





