Una vez vino a verme una mujer joven que había decidido dejar de ser sumisa en el trabajo. Se comportaba de manera dócil para evitar problemas, pero eso le hacía sentirse muy culpable.

Durante unas cuantas sesiones estuvimos trabajando el miedo al rechazo. Cuando liberó buena parte de su negatividad y se encontró estable, asumió el reto de no volver a encerrarse en sí misma.

A partir de entonces, cuando su jefe se mostraba injusto o le exigía más trabajo del habitual, en lugar de quedarse callada, expresaba su opinión. En consecuencia, su superior comenzó a recriminarle su actitud y la acusó de estar «endiosándose».

Esto le causó algunos problemas, por lo que tuvo que mantenerse firme hasta lograr ser respetada. Al cabo de unas semanas, su situación laboral había mejorado de forma notable y ella se encontraba más alegre.

Aunque lo conocido sea mediocre, penoso o incluso cruel y violento, alejarnos de ello y entrar en territorio desconocido nos provoca mucho recelo. Sospechamos de los resultados, dudamos de nuestras posibilidades reales y vacilamos a la hora de ser consecuentes.

En otras palabras, salirnos de nuestra zona de comodidad y asumir nuevos desafíos nos da miedo.

Asomarnos a nuestro dolor emocional y psíquico para liberarlo nos provoca mucha intranquilidad. El motivo es doble:

  1. Lo percibimos de forma desproporcionada.
  2. Al liberarlo nos abrimos a un espacio de incertidumbre que no controlamos.
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Javier Revuelta

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