Culturalmente nos cuesta reconocer que sufrir es una opción personal derivada de la renuncia a gestionar nuestro propio dolor interno. Cuando, por ejemplo, contraemos una enfermedad, muchas veces nos sentimos impotentes y afirmamos cosas como: «la vida es así», «de algo hay que morir» o «me ha tocado».
Creemos que nosotros no tenemos nada que ver con nuestras dolencias y que no podemos hacer gran cosa excepto medicarnos y resistir el calvario.
En la cultura cristiana, por ejemplo, para educarnos en la práctica de soportar nuestro pesar con resignación se utiliza la figura de Jesús de Nazaret. Se nos dice que murió en la cruz por todos nosotros y que, por tal motivo, tenemos que sacrificarnos por los demás.
La palabra sacrificio procede del latín sacro + facere, que significa ‘hacer sagradas las cosas’. Sin embargo, el significado que le damos no es sagrado (en el sentido de inspirar veneración y respeto), sino más bien lo contrario.
La persona que se sacrifica suele adoptar el rol de víctima y asocia a su causa la pérdida de privilegios, ya sean materiales, de salud, libertad, oportunidades, tiempo, etc. Esta interpretación malograda de la palabra sacrificio la utilizamos también para justificar nuestras ambiciones personales y solapar el sentimiento de culpa que muchas veces arrastramos con ellas.
En la religión budista se dice: «Antes de cuidar a los demás, primero hay que ser capaz de amarse a uno mismo» y en el cristianismo, el segundo gran Mandamiento dice: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Sin embargo, estos dos grandes aforismos suelen interpretarse de manera distorsionada.
Muchos practicantes budistas se refugian en rituales de lo más variado para evitar mirar su propio dolor interno y lo hacen amparados en la idea de que el sufrimiento individual no es nada comparado con el de todos los seres sintientes de la Tierra. En otras palabras, alimentan la pretensión de poder liberar a los demás de su dolor, pero se olvidan de sanar el suyo propio.





