A medida que crecemos, acumulamos experiencias que nos recuerdan los traumas que hemos sufrido en la infancia. Como no deseamos revivir el dolor asociado a esas situaciones, fabricamos máscaras para protegernos.
Veamos un ejemplo. Imagínate un niño que es interrumpido por su madre cada vez que intenta decir algo. Como nunca puede expresarse con entera libertad, se sentirá humillado y, para defenderse, se encerrará en sí mismo.
En esta situación, además de acumular mucha tensión sentirá odio hacia su madre. Sin embargo, esta lo ama más que a nada en el mundo; y él a ella.
Aunque sea de forma inconsciente, el niño se hará la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que la persona a la que más quiero me cause tanto dolor? Los hijos no comprenden que sus padres puedan causarles dolor, de modo que tienden a protegerlos.
Para salir de esta paradoja, el niño fabricará una falsa creencia que dirá lo siguiente: «Hablar ante los demás es muy peligroso».
Cuando vaya a la escuela y su maestro le regañe por hablar en clase, volverá a sentirse asediado y, para evitar el dolor, desplegará el mismo arsenal defensivo que utiliza con su madre: se encerrará en sí mismo.
Cada vez que se sienta humillado, invadido, interrumpido o violentado, tenderá a protegerse y el resultado será que se volverá más introvertido. Cuando sea adulto y tenga que asistir a una reunión de trabajo, permanecerá callado o solamente hablará cuando alguien le pregunte. Inconscientemente pensará que expresarse delante de los demás es peligroso.
En esta situación actuará desde una máscara muy bien construida. Seguramente dirá que él es una persona muy prudente o que es más útil dejar que hablen los demás.
No obstante, internamente seguirá sintiendo tensión y el anhelo de expresarse libremente.





