Muchas veces sentimos un odio feroz o el deseo de aniquilar a alguien que nos ha perjudicado o nos ha hecho daño.
Esta energía destructiva puede estar reprimida o manifestarse de forma activa.
Cuando está reprimida, se convierte en una fuerza que nos consume por dentro.
Cuando se expresa, puede causar daño a otros y a nosotros mismos.
El ser destructivo es esa parte de la personalidad que actúa con maldad y perjudica a otros con conocimiento de causa.
Es el aspecto más oscuro del ser humano, aquel que se desconecta completamente de la esencia amorosa y se deja llevar por el resentimiento, la venganza, la crueldad o el desprecio.
Reconocer al ser destructivo implica observar nuestras reacciones más viscerales, aquellas que surgen cuando nos sentimos profundamente heridos, humillados o traicionados.
Es el impulso de destruir lo que nos ha causado dolor, de hacer pagar a otros por lo que hemos sufrido.
Esta parte del ser no busca sanar ni comprender, sino castigar y perpetuar el sufrimiento.
Cuando nos dejamos arrastrar por ella, contribuimos a la violencia del mundo y nos alejamos de nuestra verdadera naturaleza.





