Morir es una oportunidad para evolucionar en conciencia. Posiblemente la más representativa de toda la vida.
Una de las culturas que mejor comprenden el significado de la muerte y las profundas implicaciones que tiene para nuestra existencia es la budista. Apoyándose en una experiencia acumulada de miles de años, los tibetanos coinciden con los estudios realizados a partir de las experiencias cercanas a la muerte (ECM). Afirman que, en el momento de la transición, entramos en contacto con nuestra esencia, a la que denominan la luminosidad base.
De acuerdo con sus creencias, si nos identificamos con ella y la seguimos, nos podemos liberar del ciclo de encarnaciones al que estamos sujetos (la rueda del Samsara). Esto equivale a alcanzar el nirvana y a iluminarnos.
En un estudio realizado con más de veinte mil personas que tuvieron una ECM se puso de manifiesto que, en el pasaje de la muerte, la conexión con nuestra esencia no es una entelequia. La mayoría recordó haber visto una luz brillante y diáfana, una claridad enorme que lo impregnaba todo de un amor incondicional tan puro que resultaba difícil de describir con palabras.
Esta luz era reconocida como propia, es decir, no se percibía como algo externo a la personalidad o al alma.
Morir es una gran ocasión para crecer y evolucionar de forma favorable. Sin embargo, para poder aprovechar esta oportunidad, es necesario disponer de un buen nivel de conciencia.
Los budistas admiten que la mayoría de las personas, cuando se asoman a la inmensidad de su propia esencia, reaccionan de forma refleja y la rechazan. Se sienten abrumados por la belleza de un amor tan puro y el dolor que atesoran sale a la luz con tanta fuerza que no puede ser comprendido ni trascendido.
El resultado es que el alma no puede identificarse con su esencia y no la sigue. Es posible que la reconozca y la utilice como guía. Sin embargo, las resistencias que acarrea de su personalidad terrestre le impiden iluminarse.
Esto también sucede mientras estamos encarnados. Negamos el amor o lo camuflamos porque nos fuerza a mirar nuestra sombra. En el Mito de la Caverna de Platón pasa algo parecido. Los seres humanos permanecen en la oscuridad y, cuando uno de ellos logra liberarse y ve la luz del sol (conecta con su divinidad interna), los demás lo rechazan.
El maestro espiritual inglés Eckhart Tolle habla de lo difícil que resulta iluminarse después de la muerte:
Esta puerta se abre solo brevemente y, a menos que usted haya en- contrado ya la dimensión de lo no manifiesto durante su vida, se lo perderá. La mayoría de las personas cargan demasiada resistencia residual, demasiado apego a la experiencia sensorial.





