El ser destructivo convive con nosotros y lo hace de tres formas. La primera consiste en permanecer en un nivel por debajo de la conciencia. En este caso, lo mantenemos oculto bajo la apariencia de la máscara, que intenta siempre preservar una imagen de normalidad. No obstante, la energía negativa que acumula ejerce presión, se agita y una parte se escapa y se trasfiere a los demás.


Para gestionar estas fugas de negatividad y seguir preservando la imagen de que «somos los buenos», vamos alternando los roles de víctima y de perpetrador. Creamos dramas de lo más variado y vivimos a partir de ellos justificando nuestras reacciones con todo tipo de argumentos. Si alguien nos hace ver que nuestro comportamiento es destructivo, lo negamos llenos de asombro o incluso nos ofendemos. En este sentido, el objetivo de la máscara es siempre el mismo: negar que una parte de la personalidad es aberrante.


Supongamos que tu hijo de cinco años se pone a llorar y a patalear porque no le compras un helado. Estáis a punto de comer y no es lo más apropiado. Se lo explicas e intentas calmarlo, pero todos tus esfuerzos resultan inútiles. Sus lloros continúan, cada vez grita con más fuerza y tú empiezas a perder la paciencia. Te entran ganas de «matarlo», pero reprimes el impulso destructivo y lo sustituyes por un sentimiento de abandono e impotencia. En ese momento adoptas el rol de víctima y cedes a la presión. Terminas comprándole el helado pero, al mismo tiempo, le recriminas por su comportamiento.

Esta situación y tu modo de proceder lo justificas de muchas formas: «tengamos la fiesta en paz», «es la última vez que cedo», «no hay quien pueda con él», etc. Sin embargo, en el fondo, la negatividad persiste y la tensión interna aumenta.

Como dice Carl Jung: «Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma».

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Javier Revuelta

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