La violencia de género nunca podrá justificarse desde la moral, pero, si deseamos que no se produzcan más muertes, hay que profundizar en las causas y no poner solo la atención en los síntomas.
En mi opinión, si las personas dispusieran de recursos para regular sus estados de ánimo, controlar sus pensamientos y gestionar sus relaciones, estos dramas se verían disminuidos. Las mujeres podrían poner límites saludables antes de que la relación se deteriorase y los hombres sabrían reorientar su agresividad y de esta forma evitarían la violencia.
En todo caso, la necesidad de aprender de nuestra experiencia emocional es inherente a nuestra condición de seres humanos, pues lo único que nos aporta sabiduría son nuestras vivencias personales.
Aunque parezca absurdo, muchas veces, antes de iniciar un cambio, necesitamos llegar al límite o tocar fondo. Lo hacemos por desconocimiento o por miedo.
Cuando creamos una situación extrema, la energía que utilizamos para mantener oculto nuestro dolor se agota. Al no poder sostener la tensión por más tiempo, nos rendimos y tendemos a pensar que todo está perdido, que hemos sido derrotados o que nuestro intento ha fracasado. Sin embargo, lo que sucede es todo lo contrario.
Al soltar el control y dejar que el espíritu actúe sobre nosotros, la situación comienza a cambiar de forma milagrosa. Son momentos de lucidez en los que tomamos conciencia de cosas que habíamos pasado por alto. Al mismo tiempo, liberamos buena parte de nuestra negatividad e iniciamos un nuevo camino.
Hay personas que han modificado sus vidas después de afrontar enfermedades graves o de pasar por situaciones límite. La visión cercana de la muerte o la repetición de un trance doloroso e insostenible les conduce a conectar con su esencia.
Al entrar en los dominios del espíritu se dan cuenta de lo que realmente son o de cuál es su propósito en la vida. Lo que sucede es que experimentan un salto cuántico en la conciencia y toda su vida se transforma.
Desde la perspectiva del espíritu, crear o prolongar el sufrimiento es una forma de aprendizaje para el alma. En ocasiones, el sufrimiento es una puerta de entrada hacia el espíritu.





