La palabra preocupación viene del latín praeoccupatio y quiere decir ‘ocupación previa o anticipada’.
Sin embargo, al igual que sucede con la palabra sacrificio, el significado que le damos no es precisamente ese. Si la interpretáramos de forma literal, no andaríamos rumiando ideas relacionadas con la fatalidad y el miedo no nos bloquearía.
En todo caso, esta forma de afrontar la vida es socialmente aceptada y lo vemos como algo normal. ¿Cómo es posible que no te preocupes por tu familia, por tu seguridad económica, por tu salud, por el cambio climático, por la situación política, por la falta de libertades…?
Con el tiempo, hemos terminado pensando que una dosis moderada de preocupación es aconsejable.
En la práctica, preocuparse equivale a vivir asustados y a crear con la mente situaciones imaginarias que no deseamos que sucedan.
La cuestión es que todo lo que pensamos con suficiente intensidad y de forma duradera termina por manifestarse en nuestras vidas. Visto así, preocuparse es una acción contradictoria y a todas luces carente de sentido.
En la tradición chamánica, es un signo de debilidad. Carlos Castaneda dice lo siguiente:
«Cuando un hombre se preocupa, se aferra a cualquier cosa por desesperación y, una vez que se aferra, forzosamente se agota o agota a la cosa o a la persona a la que está aferrado. Preocuparse es ponerse al alcance, al alcance sin saberlo.» El sacrificio es el acto de hacer sagradas las cosas, no implica tener que sufrir por ello. El miedo es una herramienta al servicio de nuestro desarrollo personal. La preocupación es estéril.





