Una vez vino a verme un hombre de cuarenta y cinco años. Su mujer lo había abandonado por otro y él se sentía muy dolido. Como no quería reconciliarse con su exmujer, su hija rehusaba verle y no le hablaba. Eso le hacía sufrir mucho.
En el ecuador de la sesión quedó claro que, si deseaba recuperar la relación con su hija, tenía que perdonar a su exmujer. Era el camino más rápido para lograrlo. No obstante, cuando le interrogué sobre esa posibilidad, me miró lleno de amargura y me dijo:
—Lo siento, no puedo, me hizo mucho daño.
Al margen de las circunstancias concretas que provocan una situación negativa, la intensidad y la duración del sufrimiento que padecemos son una elección personal.
Residen en la incapacidad que tenemos para asomarnos a nuestra pesadumbre y sanarla.
Somos nosotros los que perpetuamos el sufrimiento que vivimos. Gracias a él nos reconocemos en una identidad que, por alguna razón, aún no podemos o no queremos renovar.
Desde una perspectiva espiritual, identificarnos con el dolor y prolongar el sufrimiento equivale a darle al alma la oportunidad de explorar a fondo todos los matices asociados a un conflicto emocional.
Esta es una de las razones por las que las personas no siempre hacemos caso de los consejos que nos dan nuestros seres queridos.
Imagínate una mujer a la que su pareja ha maltratado físicamente por cuarta vez. Sus amigos y familiares le dicen que se separe, pero ella insiste en darle otra oportunidad. Es obvio que volverá a ser maltratada. Sin embargo, ella decide mantenerse en la relación. Es una decisión irracional y a todas luces insensata (incluso peligrosa para su integridad física), pero está motivada por la necesidad de aprender de su propia experiencia emocional. Al prolongar su situación, lo que consigue es provocar una crisis. La próxima vez que sea humillada, la emoción negativa será tan evidente para ella que los argumentos utilizados para justificarse dejarán de ser útiles. Entonces liberará su dolor, tomará conciencia de lo que realmente desea vivir y dejará a su pareja.





